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Concierto en el Sant Jordi

'De amicitia'

Care Santos

Joaquín Sabina siempre tiene un detalle, una palabra, una reverencia, una broma cariñosa, para los suyos

El miércoles por la noche me dieron muchas ganas de ser amiga de Joaquín Sabina. Me daría igual ser una de esas amistades que se remontan tres décadas atrás, a quienes el cantautor llama siempre por un nombre en diminutivo –como a «Panchito» Varona– u otra recién estrenada. «En esta gira estrenamos chica», dijo al referirse a la bajista, Laura Gómez Palma, «argentina y poeta». Sabina tiene siempre un detalle, una palabra, un recuerdo, una reverencia, una broma cariñosa para los suyos.

La gira se llama 'Lo niego todo', como una de las canciones del nuevo disco, pero bien podría llamarse 'De aAmicitia', como la obra clásica de Cicerón. «Las canciones no son mías, sino que son nuestras», dijo para ponderar el trabajo de sus fieles colaboradores, Varona y Leiva sobre todo. También tuvo su momento de intimidad con el público barcelonés, a quien regaló guiños en las letras de las canciones, y con quien dijo mantener una ligazón especial desde su primer concierto «grande» en la ciudad, el mismo día del atentado de Hipercor. Aquel concierto, por cierto, lo salvaron sus amigos catalanes, que le recomendaron no suspender, como él pretendía.

CONDICIONES ESPECIALES

De Mara Barros, corista y ocasional duetista, Sabina nos contó que acaba de grabar su primer disco y nos conminó a asistir a su primer concierto en solitario en Barcelona —«que la chica no se sienta sola, que le da la nostalgia», dijo— antes de dejarla contoneándose sobre el escenario al son de una canción que él le ha regalado y que lleva su sello: «Hace tiempo que todo es mentira / hace tiempo que el mundo no gira a mi alredor». Viéndola, una se pregunta si ser amigo de Sabina no requerirá unas condiciones especiales. Acaso no cualquier mortal puede lograrlo.

La gira ‘Lo niego todo’ bien podría llamarse como la obra clásica de Cicerón sobre la amistad

Lo digo por los tres que me faltan, claro. Joan Manuel Serrat hizo su aparición estelar sobre el escenario armado con un taburete rojo y una gorra de visera, y dijo estar allí «para reclamar lo que es mío». Hubo una divertida conversación teatral sobre cheques, «pasta gansa» e ingresos en cuenta y luego se marcaron a dúo un Paraules de amor que ya pueden imaginar cómo dejó los ánimos del público. Apenas unos minutos después aparecieron proyectadas en el escenario las fotos de Chavela Vargas y José Alfredo Jiménez, ambos mexicanos, ambos referentes del protagonista de la noche. Sospecho que Sabina es muy de coleccionar admiraciones por tamaños —como Benedetti— y que la suya por Vargas fue correspondida solo unos años más tarde, cuando la gran intérprete mexicana aceptó cantar con él la ya clásica 'Noches de boda'.

Con respecto a Jiménez, no sé si llegaron a compartir copas, dolores o acordes, aunque es apetecible pensarlo. Sabina le cita, le recuerda y a menudo pone como ejemplo unos versos suyos: «Nada me han enseñado los años / siempre caigo en los mismos errores / otra vez a brindar con extraños / y a llorar por los mismos errores». En fin. Ya quisiera yo ser Vargas, Jiménez o, ejem, Barros. Aunque también mordería por ser Carme Ruscalleda, a quien Sabina –él sabrá por qué– dedicó una canción el miércoles.

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