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NÓMADAS Y VIAJANTES

Mezquitas y propaganda en Irak

Ramón Lobo

En Oriente Próximo se libran varias guerras simultáneas, y es posible que las estemos perdiendo todas

Nos resulta más fácil escandalizarnos por la voladura de la Gran Mezquita de Al Nuri y de su célebre minarete inclinado, construidos en el siglo XII, que recordar las causas y los nombres de los responsables del drama humanitario que padecen Irak, Siria, Libia y Yemen. Sucedió también con los talibanes: hubo más escandalera por la destrucción de los Budas gigantes de Bamiyán que por el trato vejatorio a las mujeres afganas.

Las imágenes no dejan dudas de que se trata de una voladura desde dentro, no de un bombardeo aéreo ni de artillería. La explosión se produjo el miércoles a las 21,30, hora local, cuando las tropas iraquís estaban a 50 metros del templo y su conquista parecía inevitable. Además de ser un joya arquitectónica de la época de las cruzadas, Al Nuri es la cuna del autoproclamado Estado Islámico (EI), el lugar elegido hace tres años por Abu Bakr al Bagdadi para erigirse en califa y llamar a la yihad global contra los infieles.

Con la destrucción de la Gran Mezquita y de su minarete de Al Habda, el EI trata de evitar la foto de su conquista, el cambio de la bandera negra por la de Irak. También indica que la larga batalla de Mosul, que se prolonga desde hace ocho meses, está próxima a su final. Una derrota en Mosul, incluso en Raqqa que le sirve de capital en Siria, no significa que la guerra o el EI estén terminados.

EN CONSTANTE MUTACIÓN

El EI es un cuerpo en constante mutación que nace de una combinación de errores. Algunos son históricos, como el diseño de unas fronteras que obedecían más a los intereses de las potencias coloniales que a la realidad de las tribus y los clanes, dos elementos básicos para entender unas sociedades que se rigen por los códigos de la lealtad y la supervivencia. En caso de conflicto entre ambos se aplica el segundo.

La llegada en los años 60 de regímenes nacionalistas en Egipto, Siria, Irak y Libia, sobre todo, despertó una oleada de optimismo y esperanza que se secó con la muerte de Naser, el último soñador. Aquellos gobiernos derivaron en dictaduras con élites corruptas que vivieron de espaldas a sus pueblos, como el caso del sah Reza Pahleví de Irán. Fueron años en los que la CIA hacía y deshacía en Oriente Próximo. Nunca hubo un proyecto de generar democracias reales ni de crear sociedades libres. La libertad local es incompatible con el negocio del extranjero.

El empobrecimiento de la mayoría de la población generó el magma de rencor en el que prende el activismo religioso, primero con los Hermanos Musulmanes, una versión moderada, más tarde con los wahabitas dirigidos desde Riad, y por Al Qaeda, capaz de golpear en el corazón de EEUU. Alessandro Baricco dijo que el 11-S demostraba que en un mundo reducido al 'far west' el más fuerte también es vulnerable.

La invasión de Irak en el 2003 y la pésima gestión posterior de la ocupación destruyeron Irak, y por extensión Siria. Esa intervención basada en mentiras e intereses fue la mecha que insufló vida al EI. Es la tesis de los periodistas Mónica G. Prieto y Javier Espinosa, que acaban de publicar 'La semilla del odio' (Debate).

Las cosas se han movido tan rápido que el Frente Al Nusra (Siria), vasallo hasta hace unos meses de Al Qaeda, parece moderado si lo comparamos con el EI, que es de una intransigencia medieval. Lo mismo sucede con Al Qaeda y los talibanes. El EI lleva meses infiltrándose en Afganistán, donde ya domina Tora Bora y otras zonas.

Se libran varias guerras simultáneas, además de la que mantienen sunís y chiís, y es posible que las estemos perdiendo todas.

UNA OPORTUNIDAD

Las eventuales caídas de Mosul y Raqqa desplazarán al EI a otras zonas de Siria. Quizá afecte a otros países y tengamos que sumar Líbano, Jordania y Turquía a la lista de los damnificados. En el caso de Europa aumentará el riesgo de atentados. El peligro radica en los 3.000 combatientes extranjeros con pasaporte europeo que regresarán a casa en los próximos meses. Después están los tarados que actúan por simpatía.

Una de las diferencias entre Al Qaeda y el EI es el territorio, el hecho de existir un lugar físico sobre el que proclamar el califato. Sin ese territorio el EI perderá el aura de invencibilidad y parte de su narrativa heroica. Es una oportunidad para que los presuntos buenos recuperen la iniciativa, una quimera si nuestras cartas para la paz son Donald Trump y el nuevo príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, el jefe de la guerra de Yemen, una carnicería sin demasiados periodistas, pero con armas y municiones 'made in Spain'. 

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