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El órdago soberanista

Detractores del referéndum creen que no se podrá hacer porque así está escrito en alguna norma sagrada

Un anciano de mi pueblo, con la cara surcada de arrugas muy pronunciadas fruto de haberse pasado la vida trabajando en el campo y en el bosque, me contaba las penurias que habían tenido que sufrir en su casa durante la posguerra. Una de las anécdotas que más me impactó hacía referencia al hecho de que los falangistas cada domingo subían a la montaña para vigilar que los campesinos no trabajasen el campo en el día del Señor, cuando precisamente más necesitaban hacerlo para recuperarse de los estropicios del conflicto.

No habían tenido suficiente con promover una guerra salvaje que había condenado el país a la miseria, sino que semanalmente hacían el esfuerzo de emprender una excursión para tocar los cojones a la gente que intentaba sobrevivir. Una inquietante militancia en el perjuicio ajeno basada en el seguimiento irracional de unas normas establecidas.

AMENAZAS Y PERSECUCIONES

Ahora que ya tenemos fecha para el referéndum, pienso en esta triste historia. Lo hago porque la respuesta previsible de sus detractores es que no lo podemos hacer porqué así está escrito en una norma sagrada, mientras repiten las amenazas de inhabilitaciones y continúan con sus persecuciones judiciales. Son los mismos, estos que tienen la norma como único argumento, los que nos han llevado a la situación actual. Por ejemplo, tal y como recordó recientemente Oriol Junqueras en un fórum empresarial, el sistema de pensiones español se enfrenta a un agujero de 15.000 millones de euros anuales y se han saqueado los fondos de reserva de la Seguridad Social.

Al mismo tiempo, continúa la perniciosa situación de expolio económico y de asfixia de las instituciones catalanas, hecho que se reproduce en los otros territorios estatales de habla catalana, hasta provocando manifestaciones en València como la de la semana pasada. Ha llegado un punto en que ya no se trata de recopilar agravios, ni de pedir que nos lo solucionen. Lo único que estamos planteando es que nos dejen arar en paz nuestros propios campos.

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