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Dos miradas

Un solo minuto en una cárcel es una eternidad, un zumo de color indefinido que no sabes cómo tragar, un concierto de ruidos metálicos sin armonía

No dormí en la Modelo. No he dormido nunca allí, ni siquiera la famosa última noche. He pasado por delante, claro, con esa sensación tan extraña de estar disfrutando de la libertad –aunque sea la de una tarde de julio, a pleno sol, caminando maquinalmente y sin un destino claro, perdido en aquella acera inhóspita– mientras en el interior habita la angustia del claustro, del espacio cerrado, de la reja. Y también he estado en otras cárceles, que, al fin, son todas la misma prisión. El suelo que se te pega a las suelas, el pisar lento, como si la superficie verdosa, plástica, tuviera una especie de remolino que te impide caminar, una viscosidad lenta que te engulle en una espiral de indigencia. Las rejas oxidadas, la desazón de la llave en la cerradura, el patio interior desde donde contemplas las celdas como un panal, hecho a partir de los sufrimientos y las angustias.

No hay un espacio como la cárcel. Y el olor. El hedor del olor persistente de desinfectante, del que no te puedes desprender hasta al cabo de unos días. Y luego, las historias. El chico que no sabe leer y que te inquiere sobre la injusticia de su ignorancia. La mujer que se muestra amable contigo y que es culpable de un delito atroz. Un solo minuto en una prisión es una eternidad tediosa, un zumo de color indefinido que no sabes cómo tragar, un concierto de ruidos metálicos sin armonía. Todo se agrupa para informarnos de que el tiempo tiene la consistencia pastosa del Zotal.

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