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MIRADOR

La moción de censura ha sido un monumento al parlamentarismo, es decir, a la democracia

El azar ha querido que la moción de censura comenzara el día de San Antonio de Padua, autor de un afamado sermonario dirigido a los curas para la unificación de su mensaje doctrinario. Antonio podría ser el patrón de la prensa sinfónica que, desde días antes del inicio de la sesión, ya contaba con el 'argumentario' de las maldades de la iniciativa de Podemos. En estos días lo comprobaremos, como pudimos ver cómo Rajoy llevaba escrita su intervención, pasara lo que pasara.

Pero para muchos de los no creyentes, la moción ha sido un monumento al parlamentarismo, es decir, a la democracia. Por supuesto que hay otras alternativas. Una, el cinismo parlamentario, según la RAE, desvergüenza u obscenidad descarada, ese que defiende que con comparecencias, comisiones o reprobaciones se cumple. Un ejemplo será, como antes, la anunciada reprobación por Ábalos a Montoro; se quedará en eso, en puro cinismo.

Otra alternativa es la resignación, el no hay alternativas. Eso dice el arriba mencionado; si no la hay es porque el PSOE no está dispuesto a liderarla. Sin embargo, la censura, constitucional, constructiva, pero que en ningún caso se dice que deba triunfar, en votos, era y es una opción legítima. Y muy útil.

Gracias a la moción hemos visto a un Rajoy fuera de cacho, cansado, incapaz de rebatir ninguna de las gravísimas acusaciones de las que ha sido objeto, lejos de entender ninguna realidad, negando incluso la suya. A un Rivera protésico en su ayuda al Gobierno y homeópata en sus propuestas. Y ya se sabe, cura la ciencia, no la homeopatía. A un PSOE deambulante, sacado de la pista por sus rivales de la izquierda, en estado constante de abstinencia, como si abstenerse fuera como el colesterol, bueno o malo.

Pero abstenerse ayer, como aquello de lo que acusa a Podemos, significa hoy que Rajoy sigue gobernando. Abstenerse ha sido la escapatoria dolorosa, un tiempo muerto pedido con desesperación por haberse abstenido antes para que Rajoy pudiera hacer todo aquello de lo que el portavoz socialista se ha lamentado.

La moción de censura, un intento quizá juvenil y algo arrogante de Podemos, no ha sido un desahogo, un acto de teatralización frustrado, sino un acontecimiento político de primer nivel que ha puesto a cada uno en su sitio y ha servido para que la gente observe la vitalidad de una institución hasta ahora amorcillada por el bipartito.

También ha servido para vislumbrar una solución para Catalunya. Como resaltó Domènech, allí se han dado cita los que ganaron en dos elecciones. Defienden el respeto de la voluntad popular, en una consulta legal, para una nueva España en la que se respete la pluralidad nacional y se ponga fin a décadas o siglos de integrismo y de parasitación institucional.

De todas las razones que se han esgrimido contra el Gobierno para su desalojo, ninguna ha sido rebatida, pero al final ha surgido otra más: la repugnancia por las maneras de los matones del Gobierno, machistas y maleducadas, opuestas a esa visión machadiana de entendimiento entre todos, independientemente de nuestras opiniones.

Hoy España es más rica en calidad democrática, aunque sigue igual de pobre en las soluciones a los graves problemas que padecemos. Aun así, el PP y su Gobierno han sido severamente censurados.

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