EL MALESTAR Y LA INCERTIDUMBRE

Estado de insatisfacción

El realismo y la pedagogía en pro de ideologías socialmente sanas son básicos para el futuro colectivo

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Acto por el referéndum, en Barcelona, el 11 de junio.

Acto por el referéndum, en Barcelona, el 11 de junio. / JOAN CORTADELLAS

Continuamos viviendo en el tiempo del 'català emprenyat' (catalán cabreado): momentos de rabia y de insatisfacción. Quizá es que vivimos en una época y un mundo cabreados. Se citan los casos del 'brexit' y Trump. Pero ¿qué fueron las primaveras árabes? Recientemente tuve la oportunidad de almorzar con Shivshankar Menon, profesor de la Brookings Institution, experto en seguridad mundial y gran conocedor de la realidad de la India. Fuimos repasando todos sus indicadores económicos y de bienestar social. Reconoció que el país había mejorado sustancialmente en todo en las últimas décadas, pero añadió que "nunca había habido tanta insatisfacción y malestar".

No quiero ahora entrar a analizar las causas, sino las consecuencias. Cuando una persona, un grupo de personas o una organización están cabreados, el peor populismo está servido. Es fácil entender qué pensaban muchos americanos que votaron a Trump o los seguidores de Farage en el proceso que desembocó en el 'brexit'. Un entrevistado dijo: "Sé que me está mintiendo, pero me entiende". Toda persona busca que le entiendan: nadie es burro, pero, en un estado de cabreo, no vota la parte regida por la razón (el 'seny'), sino el arrebato (la 'rauxa'). 

Actuar contra el enfado y luchar contra el populismo, que también vivimos en nuestro país, es muy difícil. ¿Cómo podemos reaccionar? No podemos prometer más un cambio radical que mejore las cosas, pues no se va a dar. Y la promesa no va a resolver el problema: a quien está muy cabreado, incluso una mosca le molesta, ¡y mucho! Solo cabe ir al fondo del problema.

Existe una primera terapia: el realismo. Es posible que no estemos tan mal o que podríamos estar peor. Podemos mejorar y salir de esta situación, pero sin soluciones mágicas. Frente a la realidad virtual y a la promesa de según qué paraísos, realismo. Un realismo aburrido, pero real. Este proceso pasa por devolver la responsabilidad del cambio de actitud a los ciudadanos: devolverles la responsabilidad del cambio social.

La solución no vendrá de la mano de unos líderes carismáticos iluminados, sino del cambio de diagnóstico y de percepción de la realidad de todos: y esta es una tarea personal, pese a que requiere una acción de los responsables políticos, que han de tener una gran capacidad de pedagogía para reaprender a valorar lo que tenemos. En ningún otro periodo de la historia de nuestro país, y del mundo, habíamos alcanzado unas cotas de bienestar tan altas, en esperanza de vida, educación de la ciudadanía, cobertura sanitaria, renta per cápita... Es cierto que nos quedan muchos temas por resolver, especialmente los relacionados con la desigualdad, la pobreza extrema (local e internacional) y las grandes marginaciones. Pero ello no invalida que hoy tengamos el mayor desarrollo jamás registrado en el pasado.

Pero necesitamos también una segunda terapia. Tenemos que transformar la rabia: debemos enfrentarnos a los temores colectivos ante el futuro; al miedo a lo extraño y al cambio; a la comparación enfermiza con el vecino; a nuestra tendencia patológica al narcisismo, como personas y como país. Todo ello conduce a populismos de clase e ideológicos, nacionalistas o fundamentalistas religiosos... que futbolizan y crispan la política y la vida pública. Y de ahí la necesidad de una pedagogía política para cambiar actitudes: no se trata de cargarse las ideologías políticas, o el sentimiento identitario, o la vivencia religiosa de las personas como categoría. Todos ellos son fuente de vitalidad y de energía personal y colectiva, necesarios para superar el actual callejón sin salida.

La pedagogía política debe orientarse a favorecer ideologías socialmente sanas, en las que el otro no sea necesariamente el enemigo y en las que el pesimismo no alimente el miedo y el odio; a fomentar identidades colectivas dispuestas a admitir que pueden ser compartidas y no excluyentes; a propiciar vivencias espirituales y religiosas que den sentido y razón de ser a la persona, considerando al otro como a un hermano ¡aunque no crea lo mismo! Es de estos motores humanos de donde pueden aflorar proyectos colectivos que sean ampliamente compartidos y que permitan canalizar el enfado y la rabia hacia una manera de vivir en sociedad más digna y más interesante para todos.

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Como decía Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía, a propósito del bienestar de las personas: "El objetivo de la política en nuestros días tiene que ser reducir el sufrimiento humano, y ello quiere decir centrarse en la reducción de la pobreza extrema, pero también en la reducción de la depresión colectiva". Ciertamente, la mejora de los indicadores de bienestar social es importante, pero la solución de fondo se halla en otro lugar.