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Emmanuel Macron.

REUTERS / CHRISTIAN HARTMANN

El futuro contra el pasado

José A. Sorolla

Si los resultados de la segunda vuelta de las legislativas confirman el próximo domingo la tendencia de la primera vuelta, Francia habrá sufrido un auténtico terremoto político que consolidará y ampliará el poder del presidente Emmanuel Macron obtenido en las elecciones presidenciales de hace poco más de un mes. La primera sacudida del terremoto, la de la primera vuelta, coloca al partido de Macron, La República en Marcha,  con una impresionante ventaja: un 32% de los votos frente al 21% de la derecha tradicional de Los Republicanos, el 14% del Frente Nacional (FN) y el 11%-10% de los dos partidos de izquierda, la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon y el Partido Socialista, que se disputan la hegemonía en ese lado del espectro político. Macron lograría de largo la mayoría absoluta, con unos 400 diputados en una Asamblea Nacional de 577 escaños, y Los Republicanos encabezarían la oposición con algo más de un centenar, mientras que la presencia de la izquierda y del FN sería marginal.

Estos resultados, sin embargo, deben confirmarse dentro de una semana porque la otra gran novedad de esta primera vuelta es la abstención récord de la mitad del electorado, circunstancia que puede falsear el mapa surgido de la primera vuelta, sobre todo si esta semana se produce una fuerte movilización del electorado de los partidos perdedores para conseguir al menos paliar la catástrofe.

MAYORÍA ARRASADORA

De todas formas, la voluntad de los franceses ha quedado clara ya desde la primera vuelta: dar a Macron una mayoría arrasadora para que pueda gobernar y aplicar su programa. Esta forma de comportarse no constituye ninguna sorpresa desde que en el 2002 se invirtió el calendario electoral y se situaron las legislativas inmediatamente después de las presidenciales, aunque en este caso hubiera dudas porque Macron había llegado al Elíseo sin un partido detrás, apoyado por un movimiento formado solo un año antes. Pero los franceses saben que las elecciones decisivas son las que designan al presidente y conciben las legislativas como un complemento del poder presidencial. Este razonamiento explica también la alta abstención en las elecciones parlamentarias.

Hartos de los partidos tradicionales, del conservadurismo de la derecha y del conservadurismo de la izquierda, incapaces de reformar el país una vez caducada la luna de miel de los 30 años gloriosos, los franceses apuestan por un joven presidente que intenta aunar el liberalismo económico y la protección social y que defiende un nuevo contrato social edificado sobre lo mejor de la derecha y de la izquierda. El sociólogo Alain Touraine ponía hace unos días ('Le Monde', 1-6-2017) dos condiciones para el éxito de Macron: que el nuevo Parlamento tenga una mayoría que apoye al presidente, lo que está en camino de producirse, y que los franceses “aprendan a amar el futuro más que el pasado, al contrario de lo que es su tendencia suicida desde hace medio siglo”. Macron, según Touraine, ha comprendido que lo esencial no es elegir la derecha contra la izquierda o viceversa, sino el futuro contra el pasado.