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AL CONTRATAQUE

El impulso de Ignacio Echeverría por salvar vidas en el puente de Londres resulta profundamente conmovedor

Ignacio Echeverría, ciudadano español, residente en Londres, trabajador de un banco, 39 años, un héroe. Probablemente, la mayoría no sabemos cómo reaccionaríamos en una situación de tantísimo peligro como un atentado. Al menos, yo no tengo ni idea de qué haría si me encuentro a un terrorista apuñalando gente indiscriminadamente. Creo que es una reacción instintiva; supongo que lo natural es correr, salvarse. Natural y del todo comprensible.

Sin embargo, no fue así como se comportó Echeverría. Y su impulso por salvar resulta profundamente conmovedor. El sábado venía de hacer deporte con unos amigos, cuando se topó con uno de los terroristas acuchillando a una mujer, a una desconocida, en el puente de Londres. Según los testigos, cogió su monopatín y, en medio de una terrorífica refriega, intentó reducir a golpes al agresor. Echeverría se quedó solo, el terrorista estaba con otros dos. Su manera de proceder es de una generosidad tan abrumadora y de una valentía tan enorme que solo puede despertar admiración y gratitud. 

Echeverría fue uno de los héroes del puente de Londres, pero hubo otras personas que esa noche ayudaron a los demás. Algunos otros también se enfrentaron en plena calle a los asesinos. Hubo quien protegió en sus casas o en sus bares a aquellos que huían de la zona completamente aterrorizados. Es el caso de un camarero español, que bloqueó la puerta del establecimiento para impedir la entrada de uno de los terroristas dispuesto a seguir matando. Qué miedo, pero qué seres humanos tan excepcionales. Cuánta solidaridad estamos viendo por cada ataque del Estado Islámico.

TRES DÍAS SIN NOTICIAS

Hace unas horas, los periodistas le comentábamos a Joaquín, el padre del llamado 'héroe del monopatín', el tremendo arrojo que había demostrado su hijo. Y él, con humildad, respondía que eso lo teníamos que valorar los demás. Y así debe ser. Este hombre hablaba con la incertidumbre y la preocupación de quien aún no sabía dónde estaba Ignacio, de quien seguramente hubiera preferido que se pusiera a salvo, como el resto de sus amigos. Tres días sin noticias sobre su paradero. Tres. El ministro de Interior dijo en un primer momento que el joven quizá estaba «sedado» y que por eso resultaba tan difícil de localizar.

Después, a medida que pasaban las horas, el ministro de Asuntos Exteriores optó por no descartar ninguna hipótesis y, sobre todo, apremió públicamente a las autoridades británicas para que proporcionaran información con la que aliviar a la familia Echeverría. No puedo ni imaginar lo que estas personas han pasado estos días, deambulando por los hospitales de la ciudad. Lo que sí tengo claro es cómo se comportó Ignacio en el peor día de su vida. Y lo que hizo fue verdaderamente extraordinario

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