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LA FUNCIÓN REPRESENTATIVA DE LOS CONSORTES

De izquierda a derecha, Brigitte Macron, Emine Gulbaran Erdogan, Melania Trump, la reina Matilde de Bélgica, Ingrid Schulerud, Desislava Radeva, Amelie Derbaudrenghien, y en la segunda fila, Gauthier Destenay, Mojca Stropnik y Thora Margret Baldvinsdottir. 

AURORE BELOT /AFP

De oficio, primera dama

Olga Merino

Las esposas de Trump y Macron, en extremos opuestos, representan el síntoma de una misma obsolescencia

En la última cumbre de la OTAN, la semana pasada, en Bruselas, un señor se coló de rondón en la tradicional foto de fin de fiesta con las primeras damas. Traje oscuro, camisa blanca, corbata celeste y la sonrisa 'cheeeeese' en plena expansión. ¿Quién era aquel individuo? En un primer momento, la Casa Blanca colgó la imagen en su página oficial de Facebook eludiendo el nombre del caballero, aunque poco después, cuando los medios y las redes sociales comenzaron a echar humo, rectificó: se trataba de Gauthier Destenay, el esposo del primer ministro de Luxemburgo, Xavier Bettel. Nunca un hombre se había encontrado en la tesitura de esa ridícula foto oficial.

¿Se omitió el nombre por ser un incómodo gay? ¿O acaso fue un lapsus? El presidente Donald Trump ha asegurado que no tocará el legado de Obama respecto a la legalidad de los matrimonios homosexuales, pero, en cualquier caso, la anécdota viene pintiparada para hacer hincapié en el anacronismo de un oficio, el de primera dama, sexista y a veces incluso humillante.

PROTOTIPO DE FAMILIA IDEAL

Aunque entre el 40% y el 50% de los matrimonios en Estados Unidos acaban en manos de abogados, se antoja inconcebible que un presidente acceda al cargo en calidad de divorciado, separado o simplemente soltero porque una falsa moralidad exige que continúe haciéndolo al lado de su costilla para encarnar el prototipo de familia ideal.

Se espera que la primera dama despliegue modales delicados, vista ropa exquisita y cumpla con el papel discreto de acompañante sin meterse en berenjenales más allá de la defensa de causas que no generen controversia. El deporte, la alfabetización, la obesidad infantil. Cuando se pasan de la raya, las crucifican.

A veces, el cargo resulta más rentable cuando lo abandonan, como le sucedió a la ex de Hollande con sus memorias millonarias

Hillary Clinton pagó cara su ambición cuando, en los primeros años 90, quiso formar parte activa de la Administración Clinton, cogió las riendas de la reforma sanitaria y el asunto le salió por la culata. Michele Obama tampoco salió mejor parada. La criticaron por avasalladora. Por no cubrirse el pelo en Arabia Saudí. Porque sonreía poco al principio. Porque se atrevió a decir que durante buena parte de su vida adulta no se había sentido orgullosa de su país. Porque se equivocó y, saltándose el protocolo, le dio un abrazo a la reina Isabel de Inglaterra. Hagan lo que hagan, lo harán mal. Así que tal vez sea mejor aparecer en los medios por metijona y asertiva que por los modelitos, el buen tipo y el invento de la coleta con burbujas, como la reina Letizia.

LAS 'FLOTUS' Y LAS 'PREMIÈRES DAMES'

En Estados Unidos, el cargo de consorte no figura en la Constitución ni está retribuido y, sin embargo, las mujeres suelen abandonar sus carreras profesionales para trasladarse a Washington; además, las 'flotus' --así se las conoce por las siglas en inglés, 'first lady of the United States'-- disponen de oficina y jefe de prensa. Otro tanto sucede en Francia, donde, a pesar del boato, el papel de 'première dame' parece mucho más rentable cuando se deja de serlo, como sucedió con una de las ex del presidente Hollande: la periodista Valérie Trierweiler se despachó a gusto con el plato frío de 'Gracias por este momento', el libro de memorias que resultó millonario.

El oficio de apéndice ya no tiene sentido en el siglo XXI, y solo queda erradicarlo por completo u oficializarlo con todas la de la ley. En este sentido, las esposas de Donald Trump y del nuevo presidente francés constituyen, en extremos opuestos, el síntoma de la misma obsolescencia. Por un lado, Emmanuel Macron pretende regularizar el estatus de su esposa, Brigitte, aunque promete no hacerlo a cargo del contribuyente. Ella ya estuvo a su lado cuando fue ministro de Economía. Representan una pareja atípica, desde luego, por una diferencia de edad de 25 años, los mismos más o menos que se lleva Trump con su cónyuge, y nadie se ha rasgado las vestiduras.

MELANIA TRUMP HACE LO QUE QUIERE

En el otro extremo, Melania Trump, la que rechazó tomar de la mano a su inefable esposo en Israel, hace lo que le viene en gana. De momento, vive junto con su hijo en Nueva York y permanece invisible la mayor parte del tiempo en beneficio de su hijastra Ivanka, una retaguardia silenciosa donde, sin embargo, aprovecha para hacer caja. En un gesto insólito, interpuso en febrero una demanda de 150 millones de dólares contra el diario 'The Daily Mail' por haber afirmado que la exmodelo eslovena había ejercido como chica de compañía en los años 90, lo que le supuso, alegó, una pérdida de valor en su marca y de "grandes oportunidades de negocio".

Reformarlo en serio o cargarse el papel de primera dama. Nadie recuerda qué tipo de zapatos prefería el esposo de Margaret Thatcher. Nadie importuna demasiado con fotos a los maridos de Angela Merkel o Theresa May; de acuerdo, no son jefas de Estado, ¿pero alguien se hubiese imaginado a Bill Clinton dando una receta de galletas en la tele si Hillary hubiese llegado a presidenta? A ella le tocó hacerlo.