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ANÁLISIS

Competición entre fanáticos en Afganistán

Georgina Higueras

Cientos de miles de afganos han muerto en un enfrentamiento que no es suyo

Situado en el corazón de Asia Central, Afganistán es desde el siglo XIX el tablero donde todos juegan y los afganos pagan con sangre y lágrimas. Sobre el terreno, los fanáticos del Estado Islámico (EI) y el brazo armado de los talibanes compiten para conseguir el atentado más mortífero. Unos y otros amenazan con convertir el país en un estado fallido en el que impongan su propia ley.

Lejos, en los despachos de EEUU, Rusia, China, India, Arabia Saudí, Pakistán e Irán, se mantiene también una lucha abierta por el control de esta encrucijada de caminos entre Oriente y Occidente, entre monoteístas, politeístas y ateos, entre sunís y chiís.

La OTAN está empantanada en Afganistán desde hace 16 años cuando, tras el ataque a las Torres Gemelas, EEUU invocó el artículo 5 y los aliados acudieron a apoyarle  en la “guerra contra el terror”. Aunque la misión de combate acabó en el 2014, aún mantiene 13.000 militares (una treintena, españoles) en ese país, de los que 8.400 son estadounidenses. En los últimos meses, el Pentágono se ha manifestado a favor de reforzar su presencia con el envío de otros 5.000 soldados, pero Donald Trump, empeñado en que todos paguen la ‘factura defensiva’ de Washington, quiere que otros países de la OTAN también aporten tropas.

TERRIBLE DESTINO

Este eventual aumento de efectivos ha acelerado el acoso de los lobos al presidente Ashraf Gani, incapaz de imponer la ley frente a los señores de la guerra. El Ejército afgano ha sufrido fuertes reveses en el último año y ya solo controla el 57% del país, pero su cúpula sostiene que lo que necesitan es armamento moderno y reforzar sus capacidades de inteligencia, y no un incremento de tropas extranjeras. Washington no se fía y quiere seguir haciendo la guerra por su cuenta.

EEUU invadió Afganistán para luchar contra Al Qaeda, pero cientos de miles de afganos han muerto desde entonces en un enfrentamiento que no es suyo. Ahora temen volver a ser la carne de cañón de la contienda entre Occidente y el EI; el escenario del nuevo gran juego en el que las potencias dirimen sus diferencias. No tendrán fácil escapar a su terrible destino.

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