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Dos miradas

Kilian Jornet, en el campo base avanzado, tras descender del Everest, este domingo.

TWITTER / @SummitsofMyLife

El vértigo que me genera Kilian Jornet es inconmensurable. No sé si alabarlo o pedir que lo ingresen

Mientras estaba escribiendo sobre Kilian Jornet y todavía no sabía si alabar sus hazañas o establecer una franja de seguridad entre mi ignorancia (e indolencia) montañera y su esfuerzo colosal, me llegan las noticias que este chico ha vuelto a subir al Everest sin oxígeno, sin cuerdas, sin serpas y sin estribos o escarpias. Ahora en 17 horas, aunque desde el campo avanzado y no desde el campo base, que es desde donde salió la otra vez, este misma semana, cuando tuvo dolores estomacales y empleó más de 26 horas en el reto. Bueno, da igual. Tonterías. Estamos hablando de un tipo que, en menos de siete días, ha ascendido al pico más alto del mundo en estado puro, como el agua que anunciaba hace unos años, en dos ocasiones prácticamente consecutivas y sin tiempo de hacer un pis, como quien dice.

Yo soy de los que, el domingo por la noche, mira la agenda y contempla la extensión laboral de la semana. Hay días en que me mareo. Y que conste que tengo una comida, una entrevista de trabajo y un partido de pádel. Jornet, no. Jornet mira la agenda y dice: «Subir dos veces al Everest». Como quien se ha dejado el móvil en casa y coge el ascensor para ir a buscarlo. Ahora vuelvo, dice. El vértigo que me genera este chico es inconmensurable. No sé si alabarlo o pedir que lo ingresen. Le alabaré, que siempre resulta una actitud más positiva ante la vida. Como dijo aquel: «¿Me preguntas por qué subo a la cima? Es fácil. Porque está allí».