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Homenaje popular a las víctimas en el centro de Manchester.

JON SUPER

Gente joven, maravillosa e inocente

Josep Saurí

En un capítulo de ‘Black Mirror’, esa inquietante serie británica que muestra futuros posibles en los que el desarrollo tecnológico potencia lo peor de la condición humana, el Ejército llega a una pobre aldea en el bosque que ha sido atacada por el enemigo. Críos y gallinas corretean asustados entre las casuchas devastadas, y los desharrapados indígenas tratan de explicar lo ocurrido a los soldados entre aspavientos y en su extraña lengua. El golpe de efecto de la escena consiste en que todos ellos son rubios y de delicados ojos azules, y su incomprensible jerga diría que es alemán. Y sí, descoloca.

El atentado de Manchester nos ha conmovido como pocos, claro, porque muchas de las víctimas eran niños y adolescentes. Nada mueve a la indignación como ver vidas inocentes tan tempranamente truncadas. Es una reacción que viene de lo más profundo de nuestra naturaleza, entroncada con el instinto de conservación de la especie. "Tanta gente joven, maravillosa e inocente que vivía y disfrutaba de su vida y que han sido asesinados por malvados perdedores en la vida", dijo Donald Trump. "Seguiremos trabajando para combatir a los que buscan destruir nuestra forma de vivir", declaró Jean-Claude Juncker. Mensajes de emocionada solidaridad, banderas británicas en los avatares de Twitter y Facebook, canciones de Oasis, tatuajes de abejas mancunianas, I love MCR. 

Pero este viernes la ONU alertaba de que se cuentan por centenares las víctimas civiles de los bombardeos en Siria de la coalición antiyihadista liderada por EEUU, que el mismo viernes reconocía asimismo otros 105 civiles muertos en Mosul (Irak). Víctimas de nuestras bombas, vamos. Y también había entre ellas muchos niños y adolescentes. Como tantos ha habido en Oriente Próximo desde la invasión de Irak, por ejemplo. O en las ofensivas israelís en Gaza, por poner otro ejemplo. Como tantos se están ahogando en el MediterráneoGente joven, maravillosa e inocente, supongo, aunque quizá no disfrutaba tanto de la vida, porque su forma de vivir está destruida. Pero no es lo mismo, no nos causan el mismo efecto. El instinto de conservación de la especie no nos funciona igual con ellos. Ni banderas sirias en los avatares, ni I love Mosul.

Obviamente, nada de eso puede servir ni por asomo para justificar nada. Huelga decirlo, o debería. Pero sí nos convendría entender que con nuestro clamoroso doble rasero, cada vez que nos rasgamos las vestiduras por nuestras víctimas como si fueran las únicas y olvidamos o incluso negamos nuestra responsabilidad en esas otras víctimas que no sentimos como nuestras, estamos reabriendo una herida en lo más profundo de la conciencia de mucha gente que, haya nacido y viva en Birmingham o en Kabul, tenga la nacionalidad francesa o la iraquí, se siente parte de una comunidad ninguneada y machacada. Y que ese es uno de los factores que utiliza de forma hábil y perversa el terrorismo yihadista.

El pasado mes de marzo, la plana mayor de la lucha antiterrorista de la UE conmemoraba en Bruselas el aniversario de los atentados en la capital belga cuando, en una triste paradoja, empezaron a llegar las noticias del atropello en el puente de Westminster.  “¿Cómo es posible que jóvenes que crecieron aquí y a los que se les ofrecieron oportunidades den la espalda a la sociedad?”, se preguntó en ese acto el ministro belga de Interior, Jean Jambon. Una pregunta a la que necesitamos dar respuesta. 

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