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Análisis

Un detalle de la exposición sobre David Bowie en el Victoria & Albert Museum.

AFP / LEON NEAL

El hombre que no estaba allí

Ramón de España

Hasta no hace mucho, las exposiciones estaban reservadas a los artistas plásticos para mostrar sus cuadros, fotografías o esculturas, pero de un tiempo a esta parte, da la impresión de que cualquiera sirve para organizar una muestra, incluso los escritores, que han dado origen a las exposiciones más aburridas y absurdas del mundo. La música pop también ha servido de inspiración a los museos y, desde luego, siempre es mejor homenajear a David Bowie que, pongamos por caso, a Kurt Cobain: ya me dirán ustedes qué se puede hacer con un montón de camisetas churrosas, vaqueros rasgados, zapatillas gorrinas y alguna jeringa rescatada de su cubo de la basura antes de que pasara la brigada de la limpieza de Seattle.

De todos modos... Cuando vi la exposición sobre Bowie en Londres no pude evitar sentirme como en el Museo Liberace de Las Vegas, lamentablemente cerrado desde hace unos años por falta de público. Entiéndanme, no es que la exposición esté mal, sino que debe conformarse con la parte estética del artista, interesante pero secundaria en un tipo que supo cruzar la línea que separa al rockero del artista contemporáneo y que dominó la década de los 70 con una serie insuperable de álbumes rompedores y vanguardistas.

El mejor homenaje a Bowie lo puede llevar a cabo cualquiera en su propia casa, volviendo a escuchar sus álbumes

En el caso de Liberace, la forma era el fondo, ya que sus versiones fantasistas de los clásicos, con las que fascinaba a las señoras mayores mientras sus maridos dormitaban en el asiento, se quedaban en nada sin las pintas que lucía el hombre en el escenario. Pero en el de Bowie, trajes y maquillajes eran tan solo un envoltorio para una música trascendente que llevó el pop hacia una nueva dimensión. Por lo que el mejor homenaje a Bowie lo puede llevar a cabo cualquiera en su propia casa, volviendo a escuchar sus álbumes, especialmente los que van de 'Hunky dory' a 'Scary monsters'. Los siguientes son bastante prescindibles, exceptuando los dos últimos, pero todo lo grabado en los 70 es impecable porque muestra a un artista en constante evolución, sorprendiendo a sus seguidores con cada nuevo enfoque.

La exposición de Bowie, pues, parece especialmente indicada para mitómanos que aún recuerdan emocionados al artista interpretando el papel de Ziggy Stardust. Más que una expo sobre uno de los músicos más relevantes del siglo XX, es una colección de objetos y vestimentas, una reflexión sobre un envoltorio, lo cual se compadece bien con el museo que la acoge, que es el del diseño. En el caso de Liberace, el medio era el mensaje, como diría McLuhan, pero en el de Bowie, no, lo cual puede dejar al visitante con la misma impresión que tuve yo en el Victoria & Albert Museum: que aquello era como la pizza congelada, pues estaban todos los ingredientes, pero no sabía a nada. Todo era muy agradable de ver, pero Bowie no acababa de estar allí: se había quedado en casa de sus fans en forma de discos. El título de la muestra aseguraba que 'David Bowie is inside', pero no era del todo cierto, pues allí solo había una buena muestra de arte decorativo.