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Sexo y tradición

Pertenecer o vivir

Pertenecer o vivir

Najat El Hachmi

Las chicas de familias de origen marroquí sufren la presión de su entorno sobre su cuerpo, su sexualidad y su vida íntima y personal

La presión puede ser difusa, inconcreta, diseminada por aquí y por allá con frases, juicios sobre el comportamiento de otras chicas. O puede ser concreta, en forma de advertencia, de norma clara. Incluso pude llegar a ser un chantaje emocional o identitario, o peor aún, una coacción directa sin sutilezas. Pongámonos en la piel de cualquier chica joven de procedencia marroquí, imaginemos la presión sobre su cuerpo, su sexualidad y su vida íntima y personal.

Hasta la pubertad todo va más o menos bien. Aunque hay excepciones, a las niñas se las suele dejar más o menos tranquilas. Ahora bien, cuando la niña ya no lo es y se hace evidente que puede provocar el deseo del hombre, entonces sí que empieza la presión de verdad. La idea de fondo está clara: los hombres no pueden controlarse, si despiertas su excitación eres tú la única responsable dado que ellos tienen un deseo tan poderoso que no obedece a ningún tipo de restricción. Eres tú la que tienes que ir con cuidado, no provocar. Y te das cuenta porque si vistes según como significa que les das permiso para decirte cosas por la calle, seguirte cuando andas libremente. O te miran como si fueras un trozo de carne.

Mientras tanto, como es natural, el deseo de la chica también va abriéndose camino, un deseo cuya existencia hay que demostrar, del que nadie ha hablado pero que también genera grandes preocupaciones. ¿Qué vamos a hacer con él si las relaciones fuera del matrimonio no están permitidas? Antes las bodas eran a los 14 o 16 años, pero ahora cada vez se casan más tarde. Quieren estudiar, las chicas, quieren trabajar, hacer lo que les apetece, y mientras tanto nadie sabe qué hay que hacer con el deseo de los hombres que ellas provocan y con el suyo que no existe. Algunas familias aún escogen el atajo de casarlas con desconocidos o medio desconocidos, como le pasó la semana pasada a una chica en Vilanova i la Geltrú. Una situación en la que la víctima se ve obligada a tomar una decisión terrible: aceptar el sacrificio de vivir una vida que no es la suya o asumir el exilio familiar, el dolor sin paliativos del destierro. 

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