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La huella d ela memoria

El escritor vasco Bernardo Atxaga.

JOSÉ LUIS ROCA

Recordar

Núria Iceta

No podemos controlar el paso del tiempo, pero sí el tempo con el que lo vivimos

Capítulo 1. Llevo en el corazón tanto las palabras como la forma en que las dice el escritor vasco Bernardo Atxaga, a quien pude conocer hace un par de meses en ocasión del Festival MOT de Girona-Olot. Las dimensiones de un festival de altísimo nivel como este me regalaron unos buenos ratos con el escritor y con la persona. Su obra, de referencia en las letras vascas, ha sido traducida a 32 idiomas y está bien viva (aunque él diga que ya va por el kilómetro 35 del maratón).

Digo que las llevo en el corazón porque eso es lo que significa recordar, del latín 're-cordis', volver al corazón. Y aquí se me han instalado, mientras la vida sigue y un montón de cosas me hacen pensar en ello. Hablaba Atxaga del paso del tiempo y de las marcas que deja sobre los territorios y la historia, sobre las personas. El tiempo cronológico se convierte pasado en nosotros por la intervención del hombre, cuando la vida se hace presente, cuando quedan las marcas. Porque un tiempo sin un relato, sin la memoria de los que lo han vivido, no es nada.

MATERIAL SENSIBLE

Explicó Atxaga la historia –que había recogido del periodista Justin Webster en el libro 'Marcas'– de una mujer que fue testigo del asesinato de 18 personas en la guerra civil, y de cómo su padre cubrió la fosa con piedras para protegerla de los perros, y de otro vecino que, tiempo después, marcaría un camino que la orillara para que no la pisaran las vacas. La memoria es material sensible, compuesto de muchas capas y registros, así que poesía y respeto son buenas compañías de la verdad histórica para explicar quiénes somos y de dónde venimos. Todo ello nos tiene que ayudar a convivir con el pasado para acompañarnos hacia el futuro.

Capítulo 2. Sobre esta idea de tiempo y pasado volví unas semanas después, al recordar que en Menorca se dice que vamos «a hacer unos días» no a «pasar unos días». En esta diferencia es fácil ver una intención, una voluntad de dejar marca, aunque solo sea para sacar máximo provecho a las vacaciones y no dejar que el tiempo se escurra por el calendario.

Es curiosa esta relación del menorquín con el tiempo. Desde que pongo los pies en el suelo, una fuerza prácticamente telúrica actúa como un inmenso freno de mano. No podemos controlar el paso del tiempo, pero sí el tempo con el que lo vivimos. En un territorio como el de Menorca, las marcas del pasado están muy presentes. Hace miles de años fueron los hombres los que construyeron los monumentos talayóticos que encontramos por toda la isla, pero aún no sabemos con seguridad para qué. La huella del turismo, hoy en día, también ha modificado el paisaje, el territorio y la vida de las personas, y tampoco sé si somos del todo conscientes de su alcance. Ellos saben mejor que nadie que conservar su patrimonio inmaterial, sus marcas, es clave también para conservar el turismo que, al mismo tiempo, puede ser su principal amenaza.

Capítulo 3. Hace unos días he viajado a la tierra de donde procede parte de mi familia. También es un territorio pequeño, y en cierto modo aislado. La geografía, como en todas partes, ha determinado su carácter, aquí tan decidido e intenso, a veces huraño y con golpes de humor sincopados. Las marcas del pasado son transversales, también dentro de mí, pero cuestan más de ver. No son tan visibles a los ojos como al corazón. Necesitas dejar tiempo y espacio para entenderlas. Están en los sonidos, en los gestos, en los rostros, en el verde, en el hierro, en la cocina, en la meteorología, en todas partes.

SOCIEDAD "CONVALECIENTE"

Hace 20 años lograron que el mundo los mirara con la construcción del Guggenheim, una marca imponente sobre el Nervión, un equipamiento cultural que ha hecho de motor de transformación de la ciudad. Hace diez años el artista Juanjo Novella instaló, en un lugar mucho más discreto, pero igualmente simbólico, la cumbre del monte Artxanda, la escultura 'Aterpe-Refugio', para recordar con la contundencia del acero pero la ligereza de su diseño, a las víctimas de la guerra civil. Hablar de la guerra civil debe ser un poco más fácil, solo un poco, para una sociedad «convaleciente», dice Atxaga, de una herida que todavía necesita tiempo (¡tiempo!), paciencia, determinación y generosidad para cerrarse .

 Regreso al País Vasco y me acuerdo de Atxaga, y me acuerdo de mí.

Coda. Acabo de soñar una conversación entre Bernardo Atxaga y Svetlana Aleksiévitx. O también podría ser con Ngugi wa Thiong’o o Wajdi Mouawad. Desde sus mundos diversos saben mirar el fondo de los ojos de la memoria, leer las marcas del pasado, y recordárnoslo.