08 abr 2020

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Análisis

Gerard Piqué, en uno de los palcos VIP de la Caja Mágica durante el Mutua Madrid Open.

EFE / KIKO HUESCA

Piqué, el que faltaba en el tenis

Joan Carles Armengol

Gerard Piqué es un personaje polifacético que no deja de sorprender. Jugador, portavoz azulgrana, futurible presidente del Barça, empresario emprendedor y, ahora, cabeza visible de un nuevo torneo que quiere incrustarse en el denso calendario del tenis, un deporte que navega a partes iguales en la ola del éxito y el caos organizativo. Su presencia en el Mutua Madrid Open de esta semana, donde arrancó abucheos e incluso insultos por parte del público, se interpretó al principio como una nueva «provocación» -¿qué provocación puede haber en asistir a un acontecimiento deportivo fuera de tu ciudad?-, pero resultó ser una visita de negocios para seguir adelante con un proyecto en el que participa (que no encabeza) que podría poner en jaque a la propia Copa Davis.

La Davis, un torneo centenario que en los últimos años navega por la pendiente del descrédito y el desinterés, necesita una remodelación de cabo a rabo para volver a captar la atención de los verdaderos protagonistas, los mejores jugadores del mundo, que ahora ven en esos paréntesis de febrero, abril, septiembre y noviembre una molestia insoportable más que una oportunidad de seguir haciendo historia. La Copa Davis actual rompe preparaciones, provoca cambios de superficie inoportunos, no da prestigio ni unos grandes ingresos extras y, además, no otorga puntos para la clasificación mundial. ¿Qué sentido tiene proseguir con este modelo obsoleto?

Eso mismo debe haber pensado Piqué y su grupo de socios, que ya han contactado con el entorno de algunos de los top-10 (entre ellos, Rafael Nadal, Novak Djokovic y Andy Murray) para sondear su disponibilidad para un nuevo torneo, llámese Copa del Mundo o Campeonato del Mundo, que reuniría en 10 días a las mejores raquetas de los 16 mejores países. La respuesta, en principio, ha sido positiva. Pero entrar en el proceloso mundo del tenis no es fácil. Un mundo que se reparte metódicamente el pastel a través de las asociaciones de jugadores (ATP y WTA), la inmovilista federación internacional (ITF), los grandes organizadores de los torneos de Grand Slam y Masters 1.000 y algunas iniciativas privadas que periódicamente intentan meter mano en la caja.

Ya hubo una Copa del Mundo por países, entre 1975 y 2012 en Düsseldorf, que murió por inacción de las sobresaturadas estrellas, quejosas siempre del exceso de torneos pero que aprovechan cualquier fecha libre para enriquecer sus arcas con el torneo de exhibición de turno. Y Roger Federer tiene en marcha para septiembre, en Praga, la edición inaugural de la Laver Cup, otro experimento. Piqué era el último que faltaba. Hagan juego, señores.