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Al contrataque

El cementerio Père-Lachaise.

Solo una tumba

Milena Busquets

Si fuese posible y todavía fuese legal, quisiera ser enterrada directamente en la tierra, sin ataúd, envuelta en un sudario

En 1994, con motivo del 50 aniversario de la muerte del pensador Walter Benjamin, el gobierno de la Generalitat y el gobierno alemán encargaron al artista Dani Karavan el diseño de un memorial en Portbou, el pequeño pueblo fronterizo donde Benjamin, a punto de ser deportado a Francia y detenido por la Gestapo, se suicidó. 

Es una construcción impresionante, un túnel de acero excavado en la ladera de la montaña que desemboca en el vacío, unos metros por encima del mar, y que simboliza con fuerza y delicadeza lo que debió de sentir Benjamin al darse cuenta de que había llegado al final del camino. Se trata sin duda de un monumento bellísimo, conmovedor, profundo, implacable, extraordinario.

Y sin embargo, no logra producir el efecto que tiene, unos metros más allá, en un extremo del cementerio del pueblo,su tumba: una roca (de no más de 50 centímetros de alto por 40 de ancho) colocada directamente sobre el suelo, delante de una pared blanca y desconchada por el sol. La roca está flanqueada por dos setos bajos y en ella se apoya una pequeña placa de mármol gris con la fecha de nacimiento y muerte del filósofo y una de sus frases.

Y uno recorre maravillado e impresionado el memorial de Karavan, pero se detiene y encuentra la paz frente a la tumba de Benjamin.

Yo he ido al Père-Lachaise para saludar a Proust y a Wilde. Y me encantaría visitar Praga para ir a presentar mis respetos a Kafka (a quien le debo mucho más que mi nombre) y a depositar una piedrecita encima de su lápida. Y, si fuese posible y todavía fuese legal, quisiera ser enterrada directamente en la tierra, sin ataúd, envuelta en un sudario.

Tal vez cualquier monumento enfrentado a la muerte sea siempre un poco ridículo, los aspavientos de un niño enrabiado, un intento vano de poner un punto final o un punto de exclamación incluso. Por eso el género de los obituarios es tan difícil y, a menudo, el que los escribe, en vez de hablar del muerto, acaba hablando de sí mismo (de todos modos, cuando uno ha perdido a un ser querido está demasiado desconsolado para escribir nada, los que escriben las necrológicas al día siguiente o al cabo de una semana, no suelen ser los seres que amaron y conocieron de veras al muerto). Tal vez todas las novelas no sean más que necrológicas.

LOS PREMIOS

Un tumba tiene el tamaño justo de un hombre. Un mausoleo es siempre demasiado pequeño y demasiado grande. Ocurre los mismo con los premios, los reconocimientos, los homenajes y las condecoraciones. No entierran, sepultan. Nunca abarcan a la persona, y todavía menos a su obra. Una tumba, sí.

Una tumba en la tierra, incluso un nicho, tiene el tamaño exacto de un hombre, de cualquier hombre, infinito

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