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Macron se hace un selfie con una chica tras cortarse el pelo este martes en una barbería de París.

AFP / PATRICK KOVARIK

Macron como lección y síntoma

Pere Vilanova

Estas elecciones presidenciales francesas han tenido mucha utilidad para ayudarnos a comprender más cosas que la de saber quién será el presidente de Francia en los próximos cinco años. Por ejemplo, su extraordinaria proyección europea e internacional. Hay quien suspira aliviado, con razón, por la derrota de Le Pen, como si la amenaza que suponía dicha política se hubiese extinguido. Y la cosa no es tan simple. Observen que, con el sistema electoral francés en la mano, las dos vueltas y su dinámica eliminatoria, las posibilidades de que Le Pen llegase a la cabeza de Francia eran nulas. Pero no olvidemos que su gran éxito no es que nada menos que el 35 % de los franceses la hayan votado (quince puntos más que en la primera vuelta). Su gran éxito, si no se invierte la tendencia, es que sus ideas, su apenas disimulado veneno contra la República (en el sentido más noble del término), han contaminado el paisaje social más allá de sus siglas, y más allá de las fronteras de Francia. Sus ideas, de un modo u otro, van desde el “territorio 'brexit'” a la xenofobia de la sociedad rusa, y no sólo de Putin. La derrota del lepenismo es tiempo ganado para Europa, pero no de modo irreversible ni mucho menos.

Otra gran lección es que la crisis estructural de la representación política apenas a ha empezado e irá a más. Los partidos políticos como correa de  transmisión exclusiva entre la sociedad y la esfera institucional han salido muy erosionados, desprestigiados. Tiene mérito que Macron, a sus treinta y nueve años, haya ganado las presidenciales de modo claro y neto, es el presidente de la historia de Francia que llega más joven al cargo desde Louis Napoleon Bonaparte en 1848. Y hace un año nadie le conocía como líder político nacional, no tenía partido, no tenía experiencia en ningún cargo electo (sí, era la primera vez que se presentaba a unas elecciones), pero emerge otra pregunta: ¿se necesita un partido (en sentido tradicional) para ganar elecciones? Sí y no, el tema necesita mayor reflexión. El 'brexit' ¿lo ganó un partido, ese UKIP que ya parece haberse esfumado? ¿o más bien un líder -estrafalario- y un estado de ánimo colectivo, surfeando sobre las redes? Es la primera vez que a pocas semanas de unas elecciones legislativas Francia ha visto pulverizarse o entrar en barrena los dos grandes partidos que la han gobernado durante las últimas cinco décadas.

EJE PARÍS-BERLÍN

Y la Unión Europea, otra reflexión necesaria. ¿Ya está? ¿Ahora todo irá bien en Bruselas? No estemos tan seguros de ello. Ahora es el momento Macron como restablecimiento de un eje Paris-Berlín que, con una coyuntura favorable de salida (relativa) de “la” crisis, podría y debería hacer sus deberes e impulsar no sólo un frente serio contra el 'brexit'  y otros 'bréxits' por venir, sino una seria autocrítica de lo que se ha hecho mal desde 2009. Aparte de los déficits públicos, la deuda excesiva, el marco macroeconómico, la UE tiene que “volver a la gente”, al ciudadano de a pie, y esto no se improvisa. En caso contrario, volverán a “hablar con la gente” (y añaden ”de a pie”) otros Le Pen, otros Farage, y otros chiflados de la política que quieren encarnar la apolítica como “estado de ánimo”. Lecciones extra no aprendidas: el modo tragicómico como dos de los tres candidatos a la dirección del PSOE parecen haber leído la lección francesa, Sánchez y Díaz.