La victoria de Le Pen

Si Macron, como Hollande, decepciona a las clases populares, la victoria en las próximas elecciones de la ultraderecha será inevitable

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Macron celebra su victoria junto a su mujer Brigitte Trogneux.

Macron celebra su victoria junto a su mujer Brigitte Trogneux. / REUTERS / CHRISTIAN HARTMANN

Emmanuel Macron será el próximo presidente de Francia (suspiros de alivio en la platea). Otra cosa es que Marine Le Pen ha logrado una victoria innegable, que es también la victoria de toda la extrema derecha europea. Y no solo por sus más de 10 millones de votos, que nos pongamos como nos pongamos son muchísimos votos para un discurso que, aunque se vista de seda, sigue siendo peligrosamente xenófobo, nostálgico y de soluciones simplistas a problemas complejos. Le Pen ha ganado, perdiendo las elecciones, porque ese discurso suyo ha quedado normalizado, homologado, integrado en el sistema político francés; porque las cosas que dice -y las que dice Geert Wilders en Holanda, y as que están diciendo los ultras alemanes y austriacos, y…- ya no se oyen solo en la barra del bar o a según qué cuñados -sin generalizar- en las comidas familiares, sino que suenan con toda naturalidad en los parlamentos, los debates televisados y los mitines multitudinarios, y ya han llegado hasta las mismísimas puertas del Elíseo, aunque por esta vez se hayan quedado afuera.

Wilders también ganó meses atrás en Holanda: no en las urnas, es cierto, pero sí cuando el primer ministro conservador Mark Rutte despachó la extraña crisis diplomática con Turquía desatada en plena campaña electoral diciendo y haciendo cosas que perfectamente podría haber firmado él. Alternativa para Alemania tampoco vencerá en las elecciones de este otoño, pero sí lo ha hecho ya cuando Angela Merkel se ha visto obligada -o al menos eso han considerado ella y su partido- a endurecer su política con los refugiados. Por no hablar del peso abrumador de los argumentos xenófobos en el ‘brexit’.

La extrema derecha parasita el discurso de las derechas democráticas europeas, y estas, en su afán por disputarle unos votos, no acaban logrando otra cosa que legitimarla. Y claro, una vez legitimadas las ideas ultras, todo lo que puede pasar es que la gente en su cabreo piense que, total, mejor votar la versión original, como bien sabe ahora François Fillonvíctima tanto de su cleptomanía en familia como de este fenómeno, del que Nicolas Sarkozy fuera pionero.

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En cuanto  a la izquierda, más de lo mismo: ya no hacía falta cordón sanitario, ir a votar a Chirac con una pinza en la nariz como en el 2002, ya era lícita la equidistancia, que ella es ultra y racista, sí, pero es que el programa del otro es descaradamente antisocial y solo para los ricos, ni patria ni patrón, ni Le Pen ni Macron. Normalidad.

Aun así, Macron ha ganado con holgura, el maltrecho frente republicano ha sido esta vez todavía suficiente. Y en las espaldas del nuevo presidente recae una responsabilidad enorme, oceánica. Es el último dique. Si su renovación social-liberal --aparentemente, un oxímoron, una contradicción en sus términos-- acaba siendo para los trabajadores y las clases medias empobrecidas un bluf al estilo Hollande o algo peor, si bajo su mandato persisten o se acentúan las desigualdades sociales, el abismo entre administradores y administrados, el miedo al futuro, a ver quién le para los pies a Le Pen en las próximas elecciones.