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Dos miradas

La versión de 'Ivanov' que Àlex Rigola firma en el Lliure consigue que la atmósfera sea a la vez densa y volátil, grácil y cosificada

¿Qué recuerdas después de haber visto un chéjov? ¿Qué es lo que retienes de las historias rusas donde hay propietarios arruinados, chicas que desean huir del campo, jóvenes apasionados y decepcionados? No, nada. Un perfume, una evanescencia. Toda su dramaturgia se fundamenta en la creación de este entorno, en la posibilidad de que exista el aroma que llega al espectador, más allá del pretexto episódico. Procurar que la atmósfera sea a la vez densa y volátil, grácil y cosificada, es una empresa al alcance de muy pocos creadores. La versión de Ivanov que Àlex Rigola firma en el Teatre Lliure lo consigue.

Un montaje desnudo, que va justo al tuétano del vacío monumental desde donde Ivanov contempla su existencia, una vida que es un péndulo, como dice Schopenhauer, que oscila entre el dolor y el tedio. Uno de los momentos culminantes es cuando la espléndida Sara Espígul (todos los actores afinan con ímpetu y delicadeza su presencia en escena: proximidad y distancia) susurra Under pressure de Queen. «¿No nos podemos dar otra oportunidad? ¿Por qué no podemos dar al amor esta otra oportunidad?». ¿Por qué? Porque la espalda de Ivanov, que ya ha soportado tanto peso, se ha roto. Se ha convertido en un personaje hierático, angustiado, fatigado, culpable de un delito que no sabe cuál es. En La vida de Chéjov, Irène Nemirovsky escribe: «Todos sus héroes aman a medias o se abstienen de amar». Esta es la fragancia que respiramos.

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