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Jordi Cruz con su equipo de cocineros.

Jordi Cruz con su equipo de cocineros. / TWITTER

Del caso reciente del chef Jordi Cruz se pueden extraer varias lecciones. Una es que hay que saber encontrar el momento de hacer declaraciones, o de publicarlas. Muy probablemente lo que dijo el cocinero no habría generado la reacción que ha provocado si su difusión no hubiera coincidido con la fiesta del trabajo del 1 de mayo. Está claro que si lo que se deseaba era precisamente provocar reacciones de opinión y tráfico en internet, la elección del momento fue la correcta y hay que felicitar al responsable.

Otra es recordar que si queremos juzgar con ponderación hay que escuchar a las dos partes. Si alguien quiere condenar o absolver la conducta de Jordi Cruz, y de los otros que hacen como él, debería escuchar un número suficiente de testimonios de los hombres y mujeres que han pasado por lugares como estos. Si no lo hace, su juicio no irá más allá de sus propios prejuicios, positivos o negativos, sobre el caso. Ahora bien, la polémica también nos permite reflexionar sobre un tema de fondo de nuestro mercado laboral, que trasciende este caso concreto: la relación entre formación y empresa.

Para hacer bien cualquier trabajo, hay formación, preparación y experiencia. Como la mayoría de trabajos están en las empresas, esta experiencia y preparación generalmente se debe conseguir en una empresa. Como ocurre en todas partes, hay empresas responsables y empresas que no son. Las primeras tienen una visión de negocio a largo plazo y ven en la necesidad de los trabajadores jóvenes una oportunidad para formar personas que se adapten a la empresa. Entonces invierten lo que haga falta y, con frecuencia, también son exigentes con los jóvenes. Como les han dedicado tiempo y recursos, piden resultados y compromiso por parte de los trabajadores.

Las otras empresas, más miopes, se aprovechan de la situación y viven instalaladas en una rotación laboral permanente: reducen costes laborales a base de despedir al personal formado y reemplazarlo por personal en prácticas. Estas empresas irresponsables suelen no tomarse demasiado en serio lo que hacen sus empleados porque saben que son temporales. Por supuesto, no les felicitan; pero tampoco pierden el tiempo corrigiéndolos si no es absolutamente imprescindible.

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Sería reconfortante pensar que el mercado, o algún otro tipo de mecanismo, premia a las empresas responsables, que van creciendo, y castiga a las irresponsables, que se ven obligadas a desaparecer o cambiar su forma de actuar. Desafortunadamente, esto no es así porque los resultados de una empresa dependen de más cosas que la satisfacción de sus trabajadores. Siempre hay factores externos que ayudan o, por el contrario, adversidades insuperables.

Ahora bien, la lección que pueden extraer los trabajadores jóvenes es que les conviene aprender a conocer lo antes posible cómo es la empresa donde se encuentran. Si al cabo de unas semanas llegan a la conclusión de que están en el lugar equivocado, saldrán ganando si se despiden de su jefe y no esperen a que los echen. Si están dispuestos a moverse un poco, y afinan su sentido para conocer empresas, encontrarán un lugar mejor.