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Análisis

Sin anticuerpos para Le Pen

Carlos Carnicero Urabayen

No hay rastro de aquel frente republicano que en el 2002 frenó a Jean-Marie Le Pen. ¿A quién puede extrañar que su hija esté hoy a las puertas del Elíseo?

Cuando el ser humano enferma, el sistema inmunológico segrega anticuerpos para vencer los males. Es un mecanismo natural de supervivencia. Ante el peligro, las democracias fuertes también desarrollan sus propias defensas. En el 2002, Jean-Marie Le Pen pasó a la segunda vuelta, pero un gritó inundó las calles de París: «Abajo el Frente Nacional: F de Fascista y N de Nazismo». Los partidos hicieron piña. Jacques Chirac se negó a debatir con Le Pen en televisión. Los anticuerpos funcionaron: el candidato conservador arrasó gracias a los millones de franceses que le votaron desencantados pero decididos a combatir la enfermedad del fascismo. Eran otros tiempos.

Por las arterias de la sociedad francesa ya no circulan anticuerpos. La enfermedad es conocida: Marine –hija del fundador y del mismo partido, aunque esconda su apellido– ha llegado a la segunda vuelta. Debería haber sucedido lo mismo, pero no hay rastro de aquel frente republicano del 2002. Marine Le Pen es ahora una opción legítima más, aunque su victoria, improbable pero no imposible, incorpore el enigma del mal: ¿traería este nuevo fascismo de cara lavada las mismas guerras y tragedias del peor pasado europeo?

MÉLENCHON, DE PERFIL

Esta vez también se han manifestado las voces de la indignación, pero al grito de «No queremos ni un banquero ni una fascista». Evasivo y entrañable llanto, si no fuera por sus posibles consecuencias. Le Pen solo puede ganar con una gran abstención. Mélenchon se ha puesto de perfil, a pesar de que en el 2002 pidió literalmente que sus seguidores votaran «con guantes y pinzas» para hacer caer a Le Pen padre. Los militantes de su Francia Insumisa prefieren mayoritariamente abstenerse o votar en blanco (65%) antes que apoyar a Macron (35%).

Yanis Varoufakis, influyente progresista, lo plantea en estos términos en un artículo en Le Monde: «¿Es Marine Le Pen realmente más aceptable que su padre? ¿Es Macron peor, desde un punto de izquierdas, que Jacques Chirac en el 2002?». Y concluye, perplejo, ante la actitud de Mélenchon: «Me niego a ser de una generación de progresistas europeos que podían prevenir la victoria de Le Pen pero no lo hicieron».

MENSAJES MAYORITARIOS

Hace meses, en Foreign AffairsMarine Le Pen era preguntada por el previsible frente republicano que sufriría, como su padre, en la segunda vuelta. Ella alertaba de que ahora sería diferente: «Esta elección será sobre un gran dilema: ¿defendemos nuestra civilización o la abandonamos? Hay ciudadanos de todo el espectro político que están de acuerdo conmigo y se podrían unir a nosotros». Algunos de sus principales mensajes son mayoritarios en la sociedad francesa. Un estudio de Bertelsmann Stiftung muestra que el 54% de los franceses perciben la globalización como amenaza, el 51% padecen ansiedad sobre la marcha de su  economía y el 55% se consideran tradicionalistas. ¿A quién puede extrañar que Le Pen y su populismo nostálgico estén a las puertas del Elíseo? 

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