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Análisis

Matarlo o utilizarlo

Jordi Graupera

Trump entra en todas las batallas como el más fuerte y sale, malherido y cojo, como si se tratara todo de un juego

Con los reportajes sobre los 100 días de Donald Trump se vuelve a ver que la prensa yanqui no sabe si está lidiando con un loco o con un payaso. Es decir: si lo tienen que matar o utilizar. La prensa trata de proteger el sistema que Trump dice querer atacar, pero es un sistema en ruinas. Mientras tanto, Trump es un incompetente. El sistemático desguace del entramado de las élites liberales que prometió es todo menos sistemático y ya se empieza a constatar que tampoco es desguace. Parece que la única opción que tenga sea montar un follón o saltar por los aires –aparte de adaptarse–.


'Sí': ha conseguido que se apruebe la nominación de un juez del Tribunal Supremo, abandonar el tratado de libre comercio del Pacífico, deshacer regulaciones medioambientales de la 'era Obama', firmar un montón de leyes y decretos, y lanzar un ataque contra Siria, contraviniendo la política establecida y la filosofía de su campaña.

Pero 'no': de las diez grandes reformas legislativas que prometió aprobar durante los primeros 100 días, no ha aprobado ninguna. Los tribunales le han frenado la suspensión temporal de entrada de inmigrantes de siete países musulmanes. No ha obtenido financiación para construir un nuevo muro en la frontera con México. La ley para sustituir la reforma sanitaria de Obama no ha encontrado suficiente apoyo en el Congreso, a pesar de la mayoría republicana. Incluso los libertarios ven su propuesta de rebaja radical de impuestos como una frivolidad.

INCONSTANTE Y OBSESIONADO

Trump ha confirmado ser un hombre inconstante, obsesionado por la batalla televisiva, dispuesto a cambiar de opinión y política impulsivamente. Pero también ser un hombre que entra en todas las batallas como si fuera el más fuerte, y sale, malherido y cojo, como si todo fuera un juego. La fuerza de las instituciones americanas le domestica y al mismo tiempo él revuelve todos los límites.

En el debate sobre si la inercia del Estado le acabará domesticando o si destruirá el frágil equilibrio de nuestra civilización resuena la vieja dicotimia sobre los líderes díscolos: matarlo o decir que es de los suyos. Este escenario empuja a todas las partes a subir la apuesta, y la distancia entre las ficciones y las cosas que pasan se ensancha. Ahora dice que quiere renegociar el NAFTA, en lugar de derogarlo, y cinco minutos después comienza una carrera de amenazas nucleares con Corea del Norte. Su arte de la negociación empieza a parecer a la sonrisa dibujada del 'Joker' de 'Batman'.

LAS ALTERNATIVAS

Ante la confusión, la crítica termina siempre en la moral. Pero todo lo que se le puede reprochar a Trump –desde la mentira a la adaptación al estatu quo– cada vez es más difícil no decirlo de Obama, como se ve incluso en las fotos nostálgicas que los partidarios del 'ex' cuelgan en instagram para revindicarlo, ahora que se ha agotado el efecto hipnótico.

De momento, Trump sirve para señalar la crisis del orden liberal, pero 100 días son demasiado pocos para ver si será solo un epígono decadente porque el sistema resistirá un poco más, o si de su sentido del peligro nacerá un desastre. Que estas sean las alternativas, como en Francia, es también culpa de los que no sabemos pensar algo mejor.

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