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El papa Francisco y el presidente egipcio, Abdelfatá al Sisi.

EFE

El Papa, Al Sisi y las flores de Neruda

Kim Amor

No va a ser fácil para el Vaticano evitar que el régimen egipcio aproveche la visita del papa Francisco a El Cairo para ensalzar la figura del presidente del país, el mariscal de campo Abdelfatá al Sisi, que se presenta a si mismo como el protector de la minoría cristiana, excepto de los disidentes, y como abanderado de "la lucha contra el terrorismo". En todo caso, Francisco ha recordado al militar la necesidad de respetar la "dignidad humana" y los "derechos humanos", lo que el régimen no hace.

En las cárceles de Egipto malviven apiñados nada más y nada menos que unos 60.000 detenidos políticos. El exceso de “enemigos” entre rejas ha obligado a las autoridades a construir a toda prisa una veintena más de prisiones. El reo más célebre es Mohamed Mursi, el primer presidente elegido democráticamente en la historia de Egipto y que fue echado del poder por los militares en el sangriento golpe de Estado de julio del 2013.

En prisión no solo hay islamistas de los Hermanos Musulmanes, seguidores de Mursi, sino también activistas que tuvieron un papel importante en la frustrada revolución del 2011, la de la Primavera Árabe. Los disidentes entran a chorro en las prisiones mientras el expresidente Hosni Mubarak y sus hijos Alaa y Gamal ya están en la calle, libres de toda cargo.

Basta con echar un vistazo a los informes de organizaciones de derechos humanos, como Amnistía Internacional (AI) o Human Right Watch (HRW), para darse cuenta del grado de represión que impera en el país del Nilo: torturas hasta la muerte, desapariciones forzosas, ejecuciones extrajudiciales. "La desaparición forzada se ha convertido en un instrumento clave de la política del Estado en Egipto. Cualquier persona que se atreva a alzar la voz corre peligro, y la lucha antiterrorista se utiliza como excusa para secuestrar, interrogar y torturar a las personas que cuestionan a las autoridades", ha dicho el responsable de AI en la región, Philipe Luther. Los tribunales egipcios dictaron solo en el 2015 hasta 507 penas capitales, el 20% de las habidas ese año en todo el mundo.

Este tipo de informes, sin embargo, no parecen impresionar ni a EEUU ni a la Unión Europea para quienes más allá de sus fronteras los intereses estratégicos y económicos priman sobre los derechos humanos. El Egipto de Al Sisi sigue siendo uno de los grandes aliados de Washington y Bruselas en Oriente Próximo, junto con Arabia Saudí e Israel, países que fueron los primeros en aplaudir con entusiasmo el golpe de estado contra Mursi.

TEMOR A UNA NUEVA REVUELTA

Desde que Al Sisi se hizo con la presidencia con el 96% de los votos (todo un record en la región) en unas elecciones calificadas de “fraudulentas” por la disidencia  -superior al 88% de votos que obtuvo Mubarak en las presidenciales del 2005, al 89% del tunecino Ben Ali en las del 2009 y al 88% del sirio Bashar al Asad en el 2014- las acciones armadas de los grupos yihadistas, en especial Wilaya Sina, la filial egipcia del Estado Islámico, no han hecho más que incrementar, no solo en el Sinaí, feudo de los extremistas, sino también en las grandes ciudades. El último gran atentado se cometió hace tres semanas contra la comunidad cristiana en Alejandría y Tanta el Domingo de Ramos. Al Sisi ya ha advertido que la lucha contra los yihadistas sera “larga y dolorosa”.

Los militares egipcios, en el poder desde 1952, ya están acostumbrados a librar largas batallas contra los islamistas y los grupos armados yihadistas, una guerra que, por otro lado, saben que la tienen ganada. Lo que realmente preocupa a los uniformados no son los barbudos con Kalashnikov, incapaces por si mismos de noquear al régimen, sino a una nueva revuelta popular, como la que forzó la dimisión de Mubarak.

El coctel explosivo que propició la rebelión de Tahrir de hace seis años -debacle económico, huelgas y estado policial- se dan hoy también y, tal vez, con mayor fuerza, de ahí que la represión alcance a cualquiera que ose alzar la voz contra la autoridad. Durante los 65 años de sucesivos mandatos militares (NaserSadatMubarak y Al Sisi), solo ha habido un levantamiento popular que ha sido capaz de poner en jaque al régimen, la revolución del 25 de Enero. Entonces se rompió la barrera del miedo. La semilla se sembró en Tahrir. Como dijo en una ocasión Pablo Neruda sobre las dictaduras militares latinoamericas: “podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”.

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