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Editorial

Parados en la entrada de una oficina de empleo de Madrid.

ANDRES KUDACKI

La fragilidad del empleo en España

El aumento del paro y la disminución de la ocupación revelan la fragilidad de la supuesta recuperación económica de la que tanto presume el Gobierno

Las cifras de la encuesta de población activa (EPA) del primer trimestre no son buenas. Aumentó el paro y disminuyó la ocupación. Lo primero se explica por razones del calendario. La Semana Santa cayó en abril, de manera que los despedidos del sector turístico en enero aún no volvieron a ser contratados. Es normal en el mercado de empleo español, pero algún día el trabajo se debería desestacionalizar, o, por lo menos, el trabajo estacionalizado debería pesar menos en el conjunto del mercado. Lo segundo, el descenso de la población activa, es más preocupante. Y revela la fragilidad de la supuesta recuperación económica de la que tanto presume el Gobierno de Rajoy. Esta caída de la ocupación indica que el mercado laboral está expulsando gente, bien porque se jubila o bien porque lleva tanto tiempo sin encontrar un empleo que ya ha renunciado a buscarlo. Ambas cosas son dramáticas, porque esconden un drama social y un drama nacional. Tras estas cifras hay miles de vidas rotas que han dejado de encontrar en el trabajo una forma de realización personal. Y nacional porque la disminución de la población ocupada nos hace más pobres, más incapaces de crear riqueza y con menos posibilidad de repartirla.

Lamentablemente, comprobamos otra vez que la crisis ha sido un sufrimiento que no ha servido para nada. Los problemas estructurales de nuestra economía, como la temporalidad o la estacionalidad, siguen ahí y así no hay empleo de calidad. 

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