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Dos candidatos para el Elíseo

Lecciones francesas

Antón Costas

Tanto Emmanuel Macron como Marine Le Pen son populistas, aunque en un sentido político e ideológico diferente

¿Qué lecciones podemos extraer de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas? Este ejercicio de reflexión no es puro entretenimiento, tiene relevancia para nosotros. En muchos sentidos, Francia sigue siendo un faro de las tendencias políticas y sociales de las sociedades occidentales democráticas. Por lo que leo, para algunos analistas el éxito de Emmanuel Macron ha significado un alivio del pánico que les produce el avance populista. Creen que ha tocado techo y empieza a retroceder. Están equivocados. Su miedo irreflexivo les lleva a no entender bien el sentimiento populista que se ha instalado en nuestras sociedades. Y a no interpretar bien el significado del triunfo de Macron. En mi opinión, hay extraer otro tipo de lecciones. Me limitaré a tres.

Primera. Ganó una persona que no tenía detrás ningún partido. Esto es significativo. Lo mismo ocurrió en el caso de Donald Trump en EEUU. Una parte de nuestras sociedades está buscando en personas lo que no encuentra en los partidos. Un liderazgo nuevo, providencial. Líderes que sean capaces de entender la rabia social por las consecuencias de una globalización sin restricciones y de las políticas económicas que los gobiernos, tanto socialdemócratas como conservadores liberales, pusieron en marcha ante la crisis financiera y económica.

UN RESULTADO HISTÓRICO

Estamos asistiendo a un cambio en la naturaleza del liderazgo político. Por primera vez desde que en 1958 el general Charles de Gaulle estableció la quinta república el centroderecha y la izquierda han quedado excluidos de la segunda vuelta de las presidenciales. No es casualidad, ni es irrelevante. Es una señal de cambio de liderazgo. Lo estamos viendo también en el caso de Theresa May en  Reino Unido.

Estamos asistiendo a un cambio en la naturaleza del liderazgo político, como con Theresa May en el Reino Unido

Segunda. No es acertado ver en el triunfo de Macron un freno al sentimiento populista. Al contrario. Tanto él como Marine Le Pen son populistas, aunque en un sentido político e ideológico diferente. Lo son porque el rasgo identificativo de los nuevos líderes populistas es su voluntad de dirigirse directamente al «pueblo», obviando la intermediación de los partidos. En una reciente entrevista, Macron decía: «Si querer hablarle directamente al pueblo es populismo, yo lo soy». Pero, añadía a continuación, «un populista, pero no un demagogo». Demagogo sería aquel dirigente que conscientemente engaña al pueblo proponiendo cosas que sabe que serán imposibles con el único objetivo de obtener su apoyo. Y él no se considera tal.

Tercera. Los dos líderes populistas que competirán en la segunda ronda coinciden en afirmar que no son de derechas ni de izquierdas. Macron ha dicho que quiere combinar lo mejor de ambos mundos. Y Le Pen algo parecido. El problema distributivo, es decir, el de la desigualdad, no está ausente de sus propuestas. Pero la política de este inicio del siglo XXI no se juega en el terreno tradicional de izquierda-derecha, sino en un nuevo campo: el del nacionalismo versus europeísmo-internacionalismo. Le Pen y Macron representan opciones diferentes. Está bien que esas opciones se debatan libremente. Esa es la cuarta lección.

INSTITUCIONES DE PAZ Y BIENESTAR

No estamos asistiendo, como dicen los temerosos, al final del orden político y económico liberal vigente desde la Segunda Guerra Mundial, Un orden formado en instituciones como la UE, la ONU, la Organización Mundial de Comercio, el FMI o la OTAN. Esas instituciones han traído paz y bienestar. Conviene conservarlas. El problema es que las mutaciones del capitalismo, con su extrema desigualdad y monopolización, y la ideología cosmopolita de los partidos tradicionales han concentrado los beneficios de la globalización y la integración europea en grupos reducidos. Eso ha producido la rabia social que está detrás del sentimiento populista.

Al populismo no hay que demonizarlo. Es como el colesterol. Lo hay del bueno y del malo

Las revueltas populistas que estamos viendo son, a mi juicio, una llamada de atención a recomponer el contrato social interno, de tal forma que nadie se quede muy atrás en el reparto de la riqueza, como ha ocurrido ahora. Y también una llamada a redefinir el sentido de la integración europea y el papel de los estados. Quienes mejor lo han entendido son los nuevos líderes emergentes.

Al populismo no hay que demonizarlo. Es como el colesterol. Lo hay del bueno y del malo. El malo pretende eliminar todo tipo de instituciones de mediación entre el líder y los ciudadanos: los tribunales, las instituciones de control o la prensa libre. El bueno es el que busca reintroducir la preocupación por las condiciones de vida del conjunto de la población en el núcleo central de la agenda y de las preferencias de las políticas. Nuestras sociedades son ya suficientemente maduras como para distinguir el uno del otro.

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