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Al contrataque

La señora de la calle de Anglí

Milena Busquets

Tal vez el mundo se divida entre los que alguna vez le han dado todo lo que llevaban en el bolsillo a alguien y los que no

Érase una vez una joven barcelonesa que se quedó embarazada. En esa época, su novio, que era profesor de historia, trabajaba lejos de la ciudad y regresaba los viernes por la tarde para pasar el fin de semana junto a su amada. La chica decidió esperar a que su prometido llegase a casa para darle la gran noticia. Era un bebé deseado. Ella sabía desde los 6 años que sería madre, a él le gustaban mucho los niños y estaban enamorados. Pero al oír su voz a través del teléfono, la chica no pudo contener la impaciencia y le reveló que iban a ser padres. El joven y apuesto profesor subió a toda prisa a su destartalado Seat Panda rojo y salió disparado hacia la ciudad, loco de alegría. 

En el último semáforo antes de llegar a su casa, se le acercó la mendiga del barrio, que siempre estaba en esa esquina, a pedirle dinero. En realidad no tenía ningún aspecto de mendiga, parecía más bien una señora de su casa, o tal vez una bruja o un hada disfrazada de bruja, pensaba la novia del profesor con un estremecimiento cuando la veía por el barrio. Era una mujer mayor, ceñuda y hacendosa, que hablaba sola, iba vestida y peinada con esmero y siempre llevaba en la mano una bolsita de plástico en la que depositaba las monedas que le daban los conductores y los peatones. 

En ese momento, el profesor se dio cuenta de que no llevaba ninguna moneda, revisó sus bolsillos, la guantera del coche, los huecos de los asientos y no encontró nada, así que abrió su cartera, sacó el único billete que llevaba, un billete de 50 euros, y se lo tendió a la mujer, que lo cogió con la misma expresión resignada y levemente aburrida con la que iba metiendo las monedas en su bolsita, asintió, musitó algo incomprensible y se fue hacia la acera para no ser arrollada por los coches.

EL DINERO MEJOR EMPLEADO DEL MUNDO

El profesor se lo contó a su novia riendo, a pesar de que en aquel momento no les sobraba el dinero, y los dos estuvieron de acuerdo en que era el dinero mejor empleado del mundo.

La pareja vivió muchos años en aquella calle bordeada de plátanos centenarios y la joven vio muchas veces durante su embarazo, y después una vez nacido su hijo, a la vieja mendiga, primero en la calle de Anglí con Bonanova, más adelante en Ganduxer con Via Augusta. Le siguió dando un poco de miedo, pero siempre la miraba y en secreto, un poco estúpida e irracionalmente, le agradecía la buena salud de aquel bebé gordito de rizos dorados, como si aquel precipitado gesto de generosidad y de alegría del apuesto profesor hubiese marcado el inicio de una época marcada precisamente por eso, por la generosidad y la alegría.

Tal vez el mundo se divida entre los que alguna vez le han dado todo lo que llevaban en el bolsillo a alguien y los que no.

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