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Al contrataque

Despedida y ¿cierre?

Cristina Pardo

Las personas que conocen bien a Aguirre cuentan que no quería saber. Solo le interesaban los escándalos de portada que le afectaban directamente a ella

Esperanza Aguirre jamás imaginó que su salida definitiva de la política sería tan patética. Cuatro tímidos aplausos de su grupo municipal, un escueto comunicado de Génova definiendo su trayectoria como «relevante» y un larguísimo texto cargado de reproches lanzado como un torpedo desde el Partido Popular de Madrid. Sus compañeros de tantos años le dan las gracias a Esperanza Aguirre por dimitir.

Personalmente, no se me ocurre una despedida más triste. En la dirección del partido estaban hasta el gorro. Hasta el gorro de sus lecciones de liberalismo y de ética política, hasta el gorro de su pretendida superioridad moral y hasta el gorro de los escándalos que desde hace años afloraban como setas a su alrededor. Ella admite únicamente un error: la falta de celo a la hora de vigilar el comportamiento de sus subordinados, ungidos todos ellos por la gracia de su confianza. Las personas que conocen bien a Aguirre cuentan que no quería saber. Solo le interesaban los escándalos de portada que le afectaban directamente a ella. Lo demás, no. Y como no quería saber, se mostraba predispuesta a creer que la lealtad de sus subalternos era mucho mayor que su codicia. Y no. 

Francisco Granados era un tipo simpatiquísimo, con un indudable don de gentes, y su forma de ser y de hacer tenía mucho del famoso «volquete de putas» del que hablaba en un grabación. Ignacio González era, fundamentalmente, un tipo listo, presumido y bastante más fino y sofisticado en su manera de actuar que su rival en la política y en los bajos fondos.

Los dos mandaron mucho. Los dos se convirtieron en políticos sumamente poderosos a los pechos de Aguirre. Ambos supieron con antelación que las fuerzas de seguridad les pisaban los talones. Siempre se llevaron mal. Sin embargo, al final, en su desgracia, tenían todavía otra cosa en común. Quince días antes de su detención, González me dijo que le había parecido «cojonuda» la carta que dirigió Granados desde la cárcel a la 'lideresa'.

En ella, le reprochaba que se lavara las manos con los escándalos que les afectaban y hablaba explícitamente de la causa abierta por la financiación ilegal del Partido Popular de Madrid. Y González me recordó su enemistad con Granados para dejar claro que no era sospechoso de elogiarle gratuitamente. De eso, al menos, no.

 
AVISO DESDE LA CELDA

Más de un dirigente del PP tuvo claro en aquellos días que la carta desde la celda era un aviso a Aguirre, que Granados pretendía dejar claro que bastante tenía con lo suyo, que no se iba a comer también el asunto de la financiación del Partido Popular. Ahora son dos los presos que comparten ese sentimiento. Yo, a estas alturas, tengo dudas de que su jefa pueda irse en paz. Todos saben, luego todos tienen mucho peligro. 

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