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Al contrataque

Te calzas las mismas chanclas de todos los veranos, viejísimas y medio rotas, como si fuesen los zapatos de cristal de la Cenicienta y sales a la calle

Lentamente nos vamos desperezando. Por primera vez en mucho tiempo, el haz de luz que entra por las rendijas de la persiana es dorado y las diminutas partículas que lo componen no parecen motas de polvo sino microscópicas bailarinas. Cerramos los ojos un instante y nos planteamos la posibilidad, que nos hemos planteado cada día de nuestra vida desde la adolescencia, de quedarnos a pasar el día en la cama.

Pero de repente, a pesar de estar desnudos, nos asalta una sensación que casi habíamos olvidado: calor. El edredón noruego de plumas de cisne blanco, fabricado en un pueblecito remoto por los mismos duendes con gorro rojo que fabrican los juguetes para Papá Noel, nos estorba. Estiramos una pierna y nos miramos los dedos de los pies, un poco sorprendidos. Observamos las uñas pintadas de rojo, que hemos seguido pintando y cuidando durante todo el invierno por inercia y por buena educación y por frivolidad (que es casi lo mismo que la buena educación), y porque a veces, lo único que nos separa del desastre absoluto son unas uñas pintadas de rojo. 

Nos estiramos, comprobamos con cuidado todas nuestras articulaciones, las hacemos crujir, doblamos el cuello a un lado y al otro, crec, crec. Somos como una niña que va recomponiendo una muñeca articulada, miembro a miembro, asegurándose de que no ha perdido ninguna pieza. Arqueamos la espalda, alargamos los brazos y las piernas. Deshacemos el ovillo en que nos hemos convertido durante el invierno. Tal vez hayamos crecido, pensamos. Necesitamos imperativamente una cama más grande, cómo mínimo de dos metros por dos.

LOS EFECTOS DE LA ASTENIA PRIMAVERAL

El contacto con el suelo frío ya no es enervante. Y piensas, quizá bajo los efectos de la astenia primaveral o porque por la mañana siempre te sientes un poco débil: «He llegado a otra primavera. ¿Cuántas me quedan?».

Nadie se congratula nunca de que haya llegado otro invierno. He intentado averiguar en más de una ocasión las razones por las que algunas personas (mi hijo mayor, por ejemplo, también mi madre) prefieren el otoño, pero sus explicaciones nunca me han acabado de parecer convincentes. Creo que conozco sus razones profundas. Me parece que se tiene que ser más fuerte para amar el otoño. Me alegro de que mi hijo lo sea.

Y piensas: tal vez mañana haya peonias en la floristería. Y tal vez el sol, un año más, dibuje sobre los cuerpos pecosos sus mapas imposible, y tal vez estos sean recorridos entre risas y en silencio. Y tal vez este año sí que ponga la vieja barca de madera de mi madre en el agua.

Te calzas las mismas chanclas de todos los veranos, viejísimas y medio rotas, como si fuesen los zapatos de cristal de la Cenicienta y sales a la calle.

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