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ESTRATEGIA DE OPINIÓN PÚBLICA

Ciencia, posverdad y populismo

Mariano Marzo

La comunicación política actual no se basa en argumentos racionales ni hechos comprobados, apela directamente a las emociones del electorado

El término 'post-truth' o posverdad fue elegido en el 2016 como palabra del año por el Diccionario de Oxford, tras detectar que su uso se había incrementado en un 2000% respecto al 2015, particularmente con motivo del referéndum del 'brexit' y de la elección de Donald Trump. Según la definición de dicho diccionario, el termino posverdad "denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a las creencias personales”.

Más allá de los dos acontecimientos arriba reseñados, basta con analizar la actualidad de nuestro país para percatarnos de que hoy en día las estrategias políticas de comunicación se basan, en mayor o menor grado, no en argumentos racionales y hechos comprobados, sino en la apelación directa a la componente emocional del electorado. Y es que, como sugiere Ralph Keyes, da la impresión que hemos entrado de pleno en la era posverdad ('the post-truth era').

Algo completamente inadmisible para la ciencia que en su búsqueda de un mejor conocimiento de la realidad parte de la premisa de la irrenunciable importancia de la verdad, como fin en sí mismo y como medio para avanzar en la resolución de cualquier problema. La perplejidad de buena parte del amplio colectivo humano relacionado con la ciencia resulta evidente: ¿cómo es posible que la razón y la búsqueda de la verdad estén pasadas de moda?, ¿cómo es posible que la sociedad confunda de manera rutinaria mentiras flagrantes con hechos indiscutibles?, ¿cómo es posible que la veracidad de una información se haya convertido en algo tan irrelevante que permita a los políticos mentir impunemente?

LA 'LEY DE BRANDOLINI'

Tal vez, una de las razones del preocupante advenimiento de la era posverdad estribe en la desconexión entre ciencia sociedad. Y, sin duda, parte de la responsabilidad de esta falta de comunicación recae en la primera. La experiencia nos enseña que muchos eruditos que se han esforzado en desmentir o precisar algunas afirmaciones manifiestamente inexactas de activistas, políticos o seudocientíficos, han acabado por tirar la toalla, cansados de un debate a todas luces estéril. Coloquialmente, en ámbitos académicos, acostumbramos a justificar esta decisión apelando a la denominada 'ley de Brandolini' (también conocida como 'Principio de Asimetría del Disparate' o 'Bullshit Asymmetry Principle'), que dice que la cantidad de energía necesaria para refutar sandeces es un orden de magnitud mayor que la necesaria para generarlas. Con demasiada frecuencia, antes de pasar a la acción, nos preguntamos ¿vale realmente la pena dedicar el tiempo y esfuerzo necesarios para replicar, corregir y aclarar artículos o discursos que pretenden ser científicos, pero que en la mayoría de los casos tan solo reflejan creencias de índole ideológico o religioso?

Y, sin embargo, no podemos renunciar a presentar batalla. Particularmente en estos momentos en que la creciente ola de populismo amenaza el futuro de la gobernanza basada en hechos comprobados y en los que las redes sociales, que carecen de cualquier control de calidad y veracidad, se han convertido en la principal fuente de información y de creación de opinión.

MÉTODO CIENTÍFICO CONTRA LA INCERIDUMBRE

Todos aquellos que confiamos en la ciencia debernos reaccionar frente a los fenómenos de la posverdad y el populismo, alzando nuestra voz ante cualquier intento de ignorar el conocimiento científico, sustituyéndolo por falsas verdades, consignas o dogmas de fe. Debemos esforzarnos en transmitir a la sociedad la importancia de una de las misiones sociales de la ciencia: la de aportar la mejor información posible como base y punto de partida de las políticas públicas. Y reafirmarnos en las virtudes del método científico y del pensamiento crítico.

Apoyándonos en la historia de la ciencia y del desarrollo humano, debemos recordar como nuevas observaciones han llevado a revisar teorías que parecían firmemente establecidas, de modo que la ciencia, más que pretender establecer leyes inmutables, busca explicaciones provisionales que inexorablemente serán revisadas cuando se encuentre una mejor. La ciencia sabe que no está trabajando en encontrar la verdad definitiva, sino más bien en reducir la incertidumbre. Esta aproximación, pragmática y racionalmente crítica, puede que no sea la única manera de organizar y entender nuestras experiencias y relaciones con el mundo que nos rodea, pero constituye una vía más fiable que la que nos dictan los sentimientos y emociones o proponen la ideología política y la religión.

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