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análisis

La estrategia de la efigie

Antón Losada

Habrá que ver qué cara se le queda a Rajoy si ERC gana en Catalunya

Dos certezas emergen incuestionables en la primera Semana Santa de esta incierta nueva era de la posverdad. La primera acredita que Donald Trump parece firmemente decidido a probar todas las armas con nombres chulos de su arsenal y, de paso, amortizar hasta el ultimo dólar de su prometido aumento del gasto militar. La segunda establece que, si uno va a reunirse con un grupo de políticos en España para hablar de política, conviene asegurarse de que sus móviles están encima de la mesa, a la vista y apagados porque si no te graba algún adversario, entonces lo hará un socio o un compañero de partido.

Al gobierno español le encanta que la embajada norteamericana recuerde al mundo cuanto mola una España fuerte y unida, se filtra que en la antigua Convergència dudan entre autonomismoindependentismo o alicatado hasta el techo, el Govern del Junts Pel Sí va camino de acabar convertido en el Govern del Junts Perquè Sí y hasta Jimmy Carter hace la cobra. El madrileñocentrismo que suele monopolizar el análisis político en España se ha apresurado a diagnosticar el fin del Procés y a anotarlo como otro nuevo éxito de la infalible estrategia de la efigie de Mariano Rajoy: estarse quieto y no tocar nada que ya lo romperán todo ellos. Así ganó varias elecciones, así se deshace de sus rivales políticos, así hizo entrar en crisis a la oposición por la corrupción, así recuperará Gibraltar y arreglará lo de Catalunya, proclaman mientras agrandan su leyenda.

Puede ser. Los habilidades de Rajoy resultan siempre superiores a cuanto anticipan sus adversarios y descubren demasiado tarde. Pero también pudiera ser que los movimientos registrados en Catalunya tengan poco que ver con las clases aceleradas de derecho constitucional de la Vicepresidenta, el tintineo de las monedas de oro en las vacías bolsas del Ministerio de Fomento o las inhabilitaciones a plazos de la Justicia del Rey y lejos de indicar el fin de algo, anuncien el inicio de una etapa diferente.

La coalición que gobierna Catalunya no da más. El espacio nacionalista se halla al borde de una mutación generacional. Ni la vieja Convergencia, ni el nuevo Partido Democrático han podido resistir el avance de Oriol Junqueras y ERC, convertida de facto en la fuerza dominante del nacionalismo y en ruta imparable hacia su oligopolio electoral. El president Puigdemont y su partido necesitan llevar al limite la estrategia unilateral para intentar sobrevivir amarrando su destino al futuro del candidato Oriol Junqueras; necesitan arrastrarle con ellos.

A ERC y Junqueras les basta con evitar esas corrientes peligrosas y esperar a unos comicios que parecen llamados a dejar en la inanición a sus competidores por el espacio nacionalista mientras la convierten, de lejos, en la primera fuerza política de Catalunya; puede que la única capaz de conformar un gobierno estable. A ver qué cara se le queda a la efigie para gestionar un escenario donde el tiempo no lo arreglará todo, sólo lo pudrirá más.

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