EL ANFITEATRO

Wagner en el manicomio

La Ópera Estatal de Viena estrena una nueva producción de 'Parsifal' con una gran Nina Stemme

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Una escena del primer acto de ’Parsifal’, de Richard Wagner, con una puesta en escena de Alvis Hermanis, representada en la Ópera Estatal de Viena.  / WIENER STAATSOPER / MICHAEL PÖHN

Una escena del primer acto de ’Parsifal’, de Richard Wagner, con una puesta en escena de Alvis Hermanis, representada en la Ópera Estatal de Viena. 
La soprano Nina Stemme (Kundry), en ’Parsifal’, de Richard Wagner, en una nueva puesta en escena de Alvis Hermanis para la Ópera Estatal de Viena.

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Wagner Spital. Hospital Wagner. El rótulo aparece en el frontis del edificio donde se desarrolla el primer acto de ‘Parsifal’ en la nueva producción de Alvis Hermanis para la Ópera Estatal de Viena. Y no se trata solo de que el director de escena letón haya enviado la obra del compositor alemán al hospital. Es que el Wagner mencionado es otro, es el arquitecto austriaco Otto Wagner, una de las grandes figuras del Jugendstil, el modernismo vienés, autor entre muchos otros edificios del hospital psiquiátrico Steinhof con su iglesia.

Si el último ’Parsifal’ visto en el Liceu firmado por Claus Guth transcurría en un sanatorio para soldados de la primera guerra mundial, el de Viena lo hace en un manicomio poco antes de aquella contienda, cuando en la capital del entonces imperio austro-húngaro bullía la modernidad, la artística y la científica, en busca de un grial que Hermanis identifica con las posibilidades del cerebro. Naturalmente, allí también estaba Sigmund Freud.

En este ‘Parsifal’ está la Viena de fin de siglo, desde la fiel reproducción de la iglesia del hospital, la conserjería del complejo psiquiátrico y la estación de metro de Karlsplatz, firmado todo por el arquitecto Wagner, hasta la huella de Klimt y Schiele en trajes y peinados, sin que falte el célebre diván cubierto por un tapiz rojizo de Freud.

Gurnemanz, el veterano caballero del Grial, es aquí un médico del hospital que cree en la ciencia y en el hombre. El mago Klingsor, el caballero caído en desgracia, es otro médico del mismo hospital, pero es un cínico que experimenta con la resurrección de los muertos mediante electrodos y con la hipnosis. Amfortas, el gobernante del reino del Grial, en vez de haber sido herido en el pecho, la lanza de Klingsor le ha atravesado el cráneo. Kundry, la mujer que recoge la sabiduría de la historia y del mundo, es una enferma que muestra signos de violencia. Y en este mundo hospitalario con los papeles bien delimitados, el protagonista, Parsifal, es el menos definido. ¿Paciente? ¿Visitante casual? El Grial, que contiene el secreto de la vida y libera de la muerte a la comunidad enferma, es el cerebro.

Si la trasposición de la historia al manicomio de Steinhof funciona en el primer acto, en los otros dos es más discutible con encajes que chirrían. Y en el último, en la ceremonia del Viernes Santo en la que Parsifal asume su papel de redentor, resulta incomprensible la aparición de los enfermos con casco de cuernos.

UNOS PERSONAJES RAROS // El punto de partida de este ‘Parsifal’ no es malo. Como decía Thomas Mann los personajes de esta ópera son, quizá con la salvedad de Gurnemanz, unos frikis. Sin embargo el desarrollo del hilo escénico no queda bien resuelto. Unas proyeccciones con la trama de la ópera escritas en letra góticoa no ayudan. Visualmente, los decorados del propio Hermanis resultan muy atractivos, pero desprenden frialdad. Todo es demasiado aséptico y contribuyen poco a generar  emoción, cometido que queda en exclusiva para la parte musical.

Después de dominar papeles wagnerianos como Isolde y Brünnhilde, la soprano sueca Nina Stemme ha debutado el papel de Kundry. Su voz carnosa, segura, superó las dificultades que exige el papel con casi dos voces distintas, la de la mujer medio salvaje del primer acto y la sensual y seductora del segundo. Sin ninguna duda es la gran triunfadora de este festival escénico sacro como el propio Wagner definió su obra.

El tenor Christopher Ventris, que ha sido Parsifal en Bayreuth en varias ocasiones (también en el Liceu) volvía a encarnar al joven inocente que acaba convertido en el redentor, pero su voz denotaba un cierto cansancio. Kwangchul Youn, siempre eficaz, resolvió bien el papel de Gurnemanz aunque se notaba que se había incorporado tarde a la producción después de que Hans-Peter König tuviera que cancelar por enfermedad desde el mismo estreno y René Pape asumiera las primeras representaciones.

El barítono Gerald Finley como Amfortas fue una gran revelación para el público y el también barítono Jochen Schmeckenbecher resultó un Klingsor convincente y creíble, sin añadir la tan habitual dosis de maldad a la interpretación que tantas veces desvirtúa la voz.

Semyon Bychkov dirigía la orquesta de la Ópera de Viena. El director ruso según cuenta en el programa, estudió a fondo la partitura original y las partes orquestales también originales usadas desde el estreno en 1882 hasta el 1910 y descubrió que el tiempo se iba alargando con los años hasta que Richard Strauss, que siendo niño había asistido al estreno acompañando a su padre que era músico de la orquesta, imprimió en los años 30 unos ‘tempi’ mucho más rápidos y enérgicos.

Pues bien, el director ruso regresó a la lentitud antigua y excesiva. Subió además el volumen orquestal de modo que en algunos momentos había cantantes a los que resultaba un poco difícil oír. No es el caso de Stemme cuya voz supera toda barrera orquestal. Algunas partes corales, en particular el coro de niños, estaban amplificadas. El sonido envolvente era de una gran belleza planteando una vez más del debate sobre la amplificación.

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