Ir a contenido

Análisis

Rex Tillerson.

REUTERS / MAX ROSSI

La 'realpolitik' de Trump

Albert Garrido

Es harto difícil que las relaciones ruso-estadounidenses vuelvan a los días de vino y rosas que siguieron a la victoria del presidente

La entrevista en Moscú del secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, con el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov, debiera atenuar la tensión entre ambas potencias a causa del bombardeo de una base siria, respuesta al ataque con armas químicas en la provincia de Idleb, deplorado por la comunidad internacional. Debiera, pero es harto difícil que vuelvan a las relaciones ruso-estadounidenses los días de vino y rosas que siguieron a la victoria de Donald Trump, sospechoso aún hoy de haber contado durante la campaña electoral del 2016 con la inapreciable ayuda de hackers movilizados por el Kremlin. Más parece que la realpolitik se ha impuesto una vez más a la heterodoxia, a la idea subyacente a una posible nueva relación con Rusia: lo que funciona en el mundo de los negocios bien puede funcionar en la relación entre gobernantes.

ASAD, UN ALIADO NECESARIO PARA RUSIA

Tres son los factores que inducen a pensar que el ambiente enrarecido seguirá ahí. En primer lugar, el cambio de opinión de Estados Unidos, que excluye de la Siria del futuro la autoridad de Bashar al Asad, a quien apoya Rusia frente a casi todo el mundo para mantener su presencia militar en Oriente Próximo y para ser un actor político ineludible. En segundo lugar, la doble amenaza de Rusia e Irán de reaccionar si Estados Unidos repite un ataque como el que ha desencadenado la crisis. Y en tercer lugar, el apoyo del G-7 al bombardeo con misiles Tomahawk, simétrico al expresado por los gobiernos árabes más influyentes, alarmados todos por el poder de contagio de la guerra siria y por el desafío yihadista, que forma parte de ella.

Para Rusia, Asad es un aliado necesario para recuperar el tiempo perdido desde la desaparición de la URSS. Para Asad, el Estado Islámico es un adversario necesario que hasta la fecha le ha servido para presentarse como un mal menor asumible frente a la perspectiva aún peor de que el califato avanzara en todas direcciones con su prédica apocalíptica. Para Irán, que apoya a Asad a través de los muyahidines de Hizbulá y combate al Estado Islámico en Irak con una milicia propia, la guerra de Siria es una forma más de enfrentarse a los designios de Arabia Saudí, con quien compite por la hegemonía en el golfo Pérsico.

UN MAR DE CONTRADICCIONES

Apenas hacen falta más datos para deducir que el ataque estadounidense forma parte de una estrategia militar y de seguridad ante rivales históricos en la que, contra lo dicho en la campaña presidencial, se quiere combatir por un igual al régimen sirio, al Estado Islámico, cuya derrota se presentaba hasta hace unos días como el único objetivo estadounidense en Siria, y a la república de los ayatolás. La buena sintonía personal de Tillerson, expresidente de Exxon, con Vladimir Putin apenas es útil cuando se pasa de los negocios a la política, del petróleo al campo de batalla. Descubrirlo ha sumido al equipo de Trump en un mar de contradicciones y ha puesto de manifiesto la bisoñez de muchos de sus integrantes, proclives a simplificar los problemas mediante mensajes de 140 caracteres.