Los mensajes y los medios

De tuiteros y raperos antisistema

Twitter y el rap han acabado siendo unos entornos formidables para gente dada al insulto, la broma cruel o desear la muerte a quienes no les caen bien

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La tuitera Cassandra

La tuitera Cassandra / BALLESTEROS

Yo también creo que no hay que meter en la cárcel a tuiteros y raperos por chistes sobre Carrero Blanco, ofensas a las víctimas del terrorismo, machismo recalcitrante o cualquier otro asunto, pero eso no me lleva a considerarlos --como sí hacen algunos-- una especie de héroes antisistema o mártires de la libertad de expresión. Twitter y el rap han acabado siendo unos entornos formidables para gente dada al insulto, la broma cruel o la desagradable tendencia a desearle la muerte a quienes no les caen bien, pero, ¿cómo legislar al respecto?

No creo que haya que enviar al trullo a la tuitera Cassandra Vera ni al rapero mallorquín Valtonyc (o, ya puestos, al catalán Pablo Hasel). Pero tampoco creo que convenga ensalzarlos en exceso ni presentarlos como algo que no son: paladines de la libertad de expresión enfrentados a una sociedad empeñada en destruirlos. Creo que eso es concederles una relevancia que no tienen, y soy más bien partidario de tratarlos con compasión y, si se es creyente, con caridad cristiana: los pobres no dan mucho más de sí.

HAY QUE ALEJARSE DE TWITTER

Pero vayamos por partes:

1/ Twitter. Lugar virtual del que mantenerse alejado si no eres un político, un energúmeno o las dos cosas a la vez. La idea era buena: cualquiera podía dar su opinión sobre cualquier cosa o reflexionar sobre todo tipo de temas. Pero en algún punto del camino, la cosa se torció y Twitter acabó convertido en lo que es en la actualidad: el refugio del resentido social --que suele considerarse, por motivos que no están muy claros, de extrema izquierda--, gente absolutamente irrelevante y, por regla general, cargada de odio, que, amparada por el anonimato de la red, se dedica al chiste antisemita, la reivindicación de bandas terroristas, el deseo de ver morir a alguien --a ser posible, de manera dolorosa-- y el recurso a una mala baba descomunal. Supongo que así se relajan. Y cuando la justicia se interesa por ellos --porque se han pasado tres pueblos o algún ofendido los ha denunciado--, recurren siempre a la libertad de expresión. En el fondo, que la ley se interese por ellos es una pérdida de tiempo, pues no se puede castigar con penas de cárcel la miseria moral. Bastaría con condenarlos a penas simbólicas, como deambular por su barrio con una pancarta que rece 'Soy un cenutrio con pretensiones', asignarles trabajos sociales o reunirlos a todos en un aula y ponerlos de cara a la pared con unas orejas de burro en la cabeza. Puede que ellos se consideren un peligro para el sistema, pero si todos los peligros son de ese nivel, el sistema puede respirar tranquilo, pues no tiene nada que temer.

RAPEROS CON ODIO Y TRANSGRESIÓN INFANTIL

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2/ El rap. El rapero español medio es, por regla general, un tipo que cree que tiene muchas que decir y que, como lo de componer música es complicado, se dedica a largarlas sobre un ruido de fondo. Suele considerarse, como los tuiteros del párrafo anterior, de extrema izquierda, y considera que sus ripios son auténticas puñaladas en esa sociedad de consumo trufada de fascistas que lo alberga. Esos ripios se distinguen por una mezcla muy lograda de odio indiscriminado y transgresión pueril. Como ciertos tuiteros, algunos de nuestros raperos también reivindican bandas terroristas o le desean la muerte a alguien al que detestan; en ese sentido, Pablo Hasel es paradigmático. Sobrados de mala hostia y carentes de talento, no se han molestado en escuchar a Bob Dylan o Woody Guthrie, ni a los Sex Pistols o los Clash, ni --mucho me temo-- a Eminem o los Beastie Boys. Como en el caso de los tuiteros, cuando la justicia llama a su puerta se hacen las víctimas (y la ilusión de que son un peligro para el sistema, que tampoco tiene nada que temer de ellos porque son unos simplones). Y encima, el rock se les adelantó en lo de relacionarse con la ley, como puede atestiguar el grupo vasco Soziedad Alkoholika, que a mediados de los 90 fue juzgado por una canción en la que se tronchaban de los policías y guardias civiles destinados en Euskadi que se veían obligados a revisar los bajos del coche para cerciorarse de que nadie les había puesto una bomba. Supongo que reírse del tarugo que ponía la bomba creyendo rendir un gran servicio a la patria les habría traído más problemas, porque del juicio salieron absueltos (en parte porque adoptaron una actitud muy parecida a la de Artur Mas en su comparecencia por el 9-N).

Me encantaría que nuestros raperos y tuiteros fuesen gente con cerebro para poder solidarizarme con ellos contra esta sociedad que a mí tampoco me gusta, pero no me lo ponen nada fácil.