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IDENTIDAD INDIVIDUAL, ENTORNO Y PROCESOS MIGRATORIOS

Volver no es nunca volver

Najat El Hachmi

La pertenencia a un lugar es a la vez un hecho íntimo y personal pero también una realidad sociopolítica, cultural, geográfica

En la lengua de mis padres hay un verbo específico para la acción de volver a casa. No volver simplemente a cualquier lugar sino al espacio donde uno nació y pertenece. Casualidades de la vida, o no, es el verbo que se usa como eufemismo de morir. Viajé a Nador la semana pasada y recordé lo que ya sabía, que ir allí no es nunca volver porque ni el lugar es el mismo ni yo la misma ni es posible visitar de nuevo la infancia si no es a través de la memoria. Pero esta vez la estancia tenía que ser distinta, iba en calidad de escritora y no de hija de familia emigrante, invitada por la profesora Juliana Chavarrías al instituto español Lope de Vega, entidad centenaria de la ciudad.

La experiencia me sirvió para pensar de nuevo temas inevitables para alguien como yo, a caballo entre estas dos realidades geográficas tan concretas que son el Rif y Catalunya. Sobre todo me permitió observar desde otro lugar la compleja articulación de la identidad individual en relación al entorno y los procesos migratorios, que son por encima de todo procesos de cambio que lo remueven todo. Cuando era más joven tenía que responder a la pregunta de quién soy, interrogante imprescindible cuando estamos entrando en la vida adulta, pero ahora la cuestión ha cambiado y ha pasado a ser adónde pertenezco. Si puedo decir que soy del algún lugar, ese es sin duda las personas que quiero, pero tenerlo claro no me exime de seguir dándole vueltas al tema. Y es que la pertenencia es a la vez un hecho íntimo y personal pero también una realidad sociopolítica, cultural, geográfica.

LOS PELIGROS DEL MUNDO EXTERIOR

Fui a Nador con el firme propósito de ser allí yo misma por primera vez sin adaptaciones de ningún tipo, como teníamos costumbre cuando pasábamos allí las vacaciones. Vístete más así, compórtate de esta forma, no hables de según qué. Por eso cuando viajábamos a la provincia con la familia, algo tan simple como 'ser' sin más era difícil: los hijos, sobre todo las chicas, no éramos nosotros a secas, formábamos parte de aquella unidad indisoluble y magmática que era la familia. Y con la familia nos trasladábamos, a la familia volvíamos y en la familia éramos.

Fui a Nador con el firme propósito de ser allí yo misma por primera vez sin adaptaciones de ningún tipo como cuando pasaba allí las vacaciones

A las chicas, como valiosas jóvenes casaderas, pertenecientes a una clase social supuestamente elevada, la que formaban los que vivíamos en el extranjero, no nos era permitido pisar la calle sin ir acompañadas, nos alertaban continuamente de los peligros del mundo exterior que no conocíamos y así configuramos una imagen extraña, grotesca, de lo que se suponía era 'nuestro' país. Esta estampa estaba compuesta por la serie de visitas a casas de parientes de todo tipo, las fiestas dentro de las casas, conversaciones domésticas y relatos alrededor de un té eternamente humeante. Y comida, mucha comida. Deliciosa pero abrumadoramente abundante. Si he de pensar en mi origen no puedo más que pensar en el interior de las casas. De modo que mis sentimientos patrióticos hacia el lugar donde nací no pueden ser más que ambivalentes.

NORMAS DISTINTAS PARA LAS MUJERES

La pertenencia es paisaje, es andar por caminos y calles, la pertenencia es libertad. Es evidente que como mujeres no podíamos sentirnos igual de patriotas que nuestros hermanos, que sí podían moverse fuera sin miedo a ser raptados como nosotras. Y es que sentirse como propio un lugar también es cuestión de igualdad y cuando una sociedad trata como extranjeras a sus mujeres sometiéndolas a normas distintas que los hombres, no se puede esperar que amen su propia tierra de la misma forma. Por cierto que en la lengua de mis padres, el rifeño, no existe la palabra país, solo 'tierra'. País es dicho con un idioma extranjero, el árabe.

Por suerte este paisaje también está cambiando, lejos de lo que van diciendo algunas voces etnocéntricas que juzgan con artículos que se hacen virales la situación de una gente que no conocen de nada. Sale bien barato propagar ideas preconcebidas y hablar en nombre de otros a quienes nunca se les da la voz. Pero aunque algunos ilustres articulistas no tengan ni idea, al otro lado del mar también hay movimiento, también hay pensamiento, sentimiento de agravio y denuncia.

Aunque algunos ilustres articulistas no tengan ni idea, al otro lado del mar también hay movimiento, sentimiento de agravio y denuncia

En este último viaje he descubierto a hombres jóvenes a la espera de una revolución sexual, hartos de no poder hablar siquiera de un hecho tan básico e interesante como el sexo. Y unas mujeres que luchan por conquistar cada centímetro de libertad, contra el entorno, dentro de casa, fuera. Andan por las calles aunque son asediadas porque la mayoría de hombres aún se creen con el derecho a emitir juicios sobre sus cuerpos por el simple hecho de estar en el espacio público. Acceden a estudios aunque los centros educativos estén lejos, conscientes de la presión que es para una familia tener a una chica soltera en casa. Una alumna de la universidad dio con la expresión justa para describir esta presión: tener a una hija es como tener una bomba que no se sabe cuándo explotará. Por suerte algunas decidimos explotar y romper todos los límites que nos habían impuesto, ganándonos a pulso el derecho a ir por donde queramos. 

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