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Al contrataque

Escribir es ir a la guerra y tal vez estaría bien que dejásemos de decirle a la gente cómo hacerlo

Muchos meses antes de que se publicara mi segunda novela, la gente ya me estaba diciendo lo que tenía que escribir a continuación y cómo tenía que escribirlo y cuándo. Algunos pensaban que me tenía que poner a escribir de inmediato o que perdería mi voz y ya no escribiría nunca más, otros que después de un éxito así, tenía que pensar muy bien el siguiente paso y que era mejor no precipitarse. Unos me recomendaban escribir algo más ligero como transición, otros seguir con las aventuras de Blanca. Unos querían que hablase de moda, otros de sexo y otros de mi infancia.

Una vez publicada la novela, se me acercaban personajes variopintos por la calle o en los bares para contarme que tenían vidas apasionantes sobre las que yo, sin ninguna duda, querría escribir. Incluso fui invitada al 'château' de una anciana dama en el sur de Francia cuya vida, decía, tenía muchos puntos en común con la mía y que, por supuesto, yo también querría narrar.

DERECHO A OPINAR

Todos esas personas bienintencionadas me recordaban a las señoras que cuando salía a la calle con mis bebés recién nacidos se aventuraban a darme consejos sobre si era mejor que el niño llevase gorrito o no. Tuve a mi primer hijo bastante joven y pensaba que tal vez debido a mi juventud consideraban que necesitaba orientación, pero al segundo lo tuve a los 35 años y aun así en la calle todo el mundo se creía con derecho a opinar sobre su bienestar. 

Aunque claro, nada de esto era comparable al horror de que una desconocida, solo por el hecho de estar yo preñada, osase poner su mano sobre mi tripa. Detesto el puritanismo y la pacatería tanto como la promiscuidad indiscriminada. 

Ocurre lo mismo con la vida amorosa de los que, pasada una cierta edad, no viven en pareja. En las cenas, los amigos o amigas casados esperan primero que les entretengas con tus aventuras y desventuras y, a continuación, que te alistes en sus filas. Siempre hay un momento, a partir de la mitad de la cena o de la segunda o tercera copa, en que te miran apreciativamente y te dicen, con más o menos delicadeza, que «esto» no durará toda la vida y que lo mejor sería ponerse a cubierto ahora que todavía queda algo que proteger. 

ZAPATOS ENCHARCADOS

El problema es que escribir (al menos para mí, que jamás me atreví ni siquiera a soñarlo, que cuando mis amigos me decían que sería escritora, me parecía el plan más inalcanzable del mundo) es ponerse a la intemperie, quedar calado hasta los huesos, con el pelo chorreando y los zapatos encharcados. Y es muy aventurado dar consejos sobre eso.

Escribir es ir a la guerra (tener hijos y enamorarse, en cierto modo, también). Tal vez estaría bien que dejásemos de decirle a la gente cómo hacerlo

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