20 feb 2020

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Banderas de Europa y pancartas contra el ’brexit’, en una manifestación europeísta en Londres.

AFP / DANIEL LEAL-OLIVAS

'Brexit', un mal ejemplo de democracia directa

Jordi Costa

Es imprescindible tener una ciudadanía bien informada y capaz de pensar por sí misma, desoyendo los cantos de sirena y la retórica de los sofistas

Uno de los mantras usados por los populismos contemporáneos es la apelación a los referéndums como el mayor instrumento de democracia radical, a la que dicen aspirar, aunque en realidad a lo que aspiran es a la victoria. Para ello utilizan un discurso poblado de emociones, pero desnudo de argumentos, encaminado a influir emocionalmente en los ciudadanos, nublando en lo posible el análisis de estos. Si leemos la historia, esto no es ninguna novedad.

Napoleón III y Bismarck, personajes no precisamente democráticos, fueron los primeros que instituyeron el sufragio universal, pero lo hicieron en beneficio propio. Napoleón III, comprendió la importancia de dirigirse a las masas con frecuentes discursos llenos de promesas, irrogándose el papel de salvador de Francia. Utilizó el referéndum tres veces para consolidar su poder, en lo que influyó el recuerdo de Bonaparte. Bismarck utilizó el sufragio universal y el referéndum, pero no creó una democracia, sino el Imperio Alemán. Hitler, por su parte, utilizó el referéndum para anexionarse Austria y para proclamarse dictador absoluto. Franco también lo utilizó en favor suyo.

INFLUIR EN LAS EMOCIONES

El sufragio universal y el surgimiento de los medios de comunicación de masas cambiaron el modo de hacer política en el siglo XX. Los discursos y la propaganda buscan más influir en las emociones que informar a los votantes. Las actuales nuevas tecnologías divulgan mensajes cortos y eslóganes estéticos, creando estados de opinión con una enorme rapidez y eficacia. Este fenómeno plantea un debate entre la democracia directa y la democracia representativa.

El 'brexit' es fruto de la democracia directa. Y sus consecuencias se extenderán más allá de la actual generación. Por ello, es oportuno hacerse algunas reflexiones. Primero, parece más razonable que las decisiones de gran trascendencia tengan el respaldo de una mayoría cualificada, en lugar de decidirse por el estrecho margen entre el 52% y el 48%. Segundo, las nuevas tecnologías permiten que la propaganda llegue a cualquier lugar y se expanda por las comunidades virtuales, siendo capaces de provocar decisiones con mensajes simples, directos y sobre todo emotivos.

EXIGIR RESPONSABILIDADES

Tercero, los votantes no disponemos de la información necesaria para tomar decisiones complejas, a menudo porque aceptamos el mensaje sin informarnos adecuadamente. Cuarto, si nos equivocamos, los votantes tenemos la tranquilidad de que nadie va a exigirnos responsabilidades. Quinto, quienes elegimos para que nos representen disponen de más información y podemos exigirles responsabilidades políticas y, en su caso, judiciales. Sexto, quienes votaron hace unos meses por el 'brexit', una vez diluidos los emotivos mensajes populistas, ¿votarían lo mismo ahora que se analizan más racionalmente sus consecuencias?

Es lícita la reivindicación ciudadana de participar más activamente en la política. Sin embargo, para hacerlo posible, además de fijar reglas justas para su ejercicio, es imprescindible tener una ciudadanía bien informada y capaz de pensar por sí misma, desoyendo los cantos de sirena y la retórica de los sofistas.