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Autoritarismo y medios de comunicación: de Berlusconi a Trump

Enric Marín

Trump ha reformulado el 'berlusconismo' en la época de la crisis de los medios tradicionales y de la eclosión de las comunicaciones en red

Una de las singularidades del estilo político de Donald Trump es la descalificación de los medios de comunicación a los que atribuye de forma obsesiva la fabricación deliberada de mentiras, de fake news. Esta forma de proceder representa una ruptura con la práctica habitual en la cultura política anglosajona y contrasta con los ejemplos de políticos autoritarios de la Europa meridional. El político europeo que llegó más lejos en la estrategia de control sobre los medios en un contexto democrático fue Berlusconi. La intervención empresarial directa o indirecta sobre los medios privados y la politización de los medios públicos le permitió una posición privilegiada para influir en los procesos de formación de la opinión pública italiana.

Sin ser un empresario plutocrático como Berlusconi, Aznar consiguió un dominio casi comparable del sistema mediático español radicado en Madrid. En los dos casos la acumulación de poder comunicativo se vio favorecida por la promiscuidad de las relaciones entre el poder político, el poder judicial, el poder económico y financiero y el poder mediático. Y, también en los dos casos, el abuso de la posición de dominio de los medios de comunicación actuó como un bumerán. En parte, por la irrupción de las comunicaciones en red.

El sistema cultural y mediático norteamericano no es menos oligopólico que el español o el italiano. Y el papel de los medios audiovisuales públicos mucho más irrelevante. Pero, en contrapartida, el sistema de poderes y contrapoderes está más consolidado, y la separación entre el poder político, el financiero, el judicial y el mediático es mucho más nítida. La calidad de su oferta periodística es muy desigual: conviven el periodismo más excelente con el más lamentable. Pero la diversidad ideológica y territorial del sector y la propia tradición periodística hacen inimaginable una orquestación gubernamental suficientemente fuerte del sistema mediático. Así pues, la estrategia tradicional del 'berlusconismo' es impensable para cualquier inquilino de la Casa Blanca.

A pesar de que algunos ingenuos o cínicos han presentado a Trump como un actor político 'antiestablisment', ideológicamente y vitalmente es un plutócrata tan amoral y autoritario como Berlusconi; la cara más oscura del 'establishment'. Un plutócrata a quien incomoda la negociación y que no soporta que lo contradigan o que lo critiquen. Trump ha reformulado el 'berlusconismo' en la época de la crisis de los medios tradicionales y de la eclosión de las comunicaciones en red.

Para Trump el dominio de la agenda política ya no pasa por el control de los medios convencionales. Se trata, más bien, de evitar la autonomía crítica de la mediación periodística dirigiéndose directamente a su público potencial. Desacreditando el periodismo contrastado e independiente para insistir en un discurso que explota los miedos a las incertidumbres. Un discurso simple, directo y efectista construido sobre prejuicios ideológicos, medias verdades o falsedades creíbles. Un discurso hecho a golpe de tuit que los medios convencionales no pueden dejar de recoger. Comunicativamente, Trump marca el camino de los nuevos populismos autoritarios y caudillistas.

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