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La política comunitaria suele ser así. El secreto del éxito reside en hacer amigos estando en el sitio justo con la política adecuada

El mítico Foreign Office de su Graciosa Majestad ya no es lo que era. La siempre imprevisible y algo trastabillada diplomacia española acaba de anotarse por sorpresa un tanto antológico ante aquella antaño máquina diplomática perfectamente engrasada, cuyas habilidades han permitido al Reino Unido mantener un liderazgo y una relevancia en la política mundial por encima del peso real de su economía, moneda o ejército. Aunque puede que el mérito sea más atribuible al caos e improvisación que generan un 'brexit' que ni el partido ni el gobierno conservador querían, que a las estratagemas de un presidente Rajoy quien, como buen funcionario español, debiera agradecerle hidalgamente a Theresa May su regalo de no mencionar a Gibraltar en su carta a la UE. 

Queda abierto a la suspicacia si estamos ante un gigantesco error que debería entrar por méritos propios en el libro Guiness de los Récords, mientas la primera ministra protagoniza un especial con los vídeos más divertidos de la diplomacia internacional, o estamos ante un descuido intencionado por parte de una diplomacia británica que no quería exponer aún más su posición metiendo en la partida a un Gibraltar que le importa poco y le preocupa aún menos.

La sobreactuación de los tabloides británicos o del siempre hiperventilado ministro principal, Fabián Picardo, dejan entrever que no se fían del todo de una versión oficial donde uno puede irse con el 'brexit' y quedarse con la Unión al mismo tiempo; algo no les cuadra.


FACTURAS COBRADAS

En cambio, sí parece un mérito atribuible al sentido de la oportunidad del Gobierno español que la UE haya tomado partido a su favor, otorgándole el derecho de veto sobre la aplicabilidad en Gibraltar de cualquier acuerdo de divorcio entre Europa y el Reino Unido. Rajoy ha pasado al cobro en el momento justo las facturas de estabilidad y fiabilidad que le deben sus socios europeos más preeminentes; desde una Comisión Juncker y un presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, que no pueden permitirse dar señales de debilidad en las primeras jugadas de la larga y sucia partida del 'brexit', hasta una Angela Merkel que necesita liderarlo sin fisuras a pocos meses de unas elecciones que no tiene ganadas.

La política comunitaria suele ser así. El secreto del éxito reside en hacer amigos estando en el sitio justo con la política adecuada. Un conocimiento que Madrid ha mejorado a palos durante estos años de rescate encubierto y Londres parece haber olvidado por completo

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