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Cuando tenía mayoría absoluta Rajoy despreció el debate territorial y ahora, que más que gobernar sobrevive, ofrece un paquete de inversiones tardías

Tiene dicho Mariano Rajoy que gobernar es muy difícil. Tanto lo repite que a menudo parece que se lo diga a sí mismo, como si hubiera imaginado que los problemas se le arreglarían solos en cuanto llegara al mando. Al cabo, con esa estrategia él llegó donde ha llegado y sobrevivió al mismísimo José María Aznar. A Rajoy le ocurren esas cosas sin que haga nada: le mejoró la economía durante el año que estuvo en funciones y la semana pasada, mientras andaba en el extranjero, su Gobierno impulsó los Presupuestos y vio reducirse el número de independentistas según la encuesta del CEO. En la lógica de Rajoy supone un gran movimiento, un movimiento estratégico, que anunciara en Barcelona una lluvia de millones para infraestructuras, porque a su plan de ley y paciencia para Catalunya suma el dinero ahora que lo tiene, o que espera tenerlo. En la lógica de Rajoy sorprende que, cuando por fin se mueve, le critiquen en Catalunya y fuera, como si nadie se contentara con nada. Por algo insiste en que gobernar es muy difícil.

En vista de que la llamada 'operación diálogo' no lograba el efecto que pretendía, el Gobierno pensó que el mensaje más directo para los catalanes sería la promesa millonaria, pero nadie se fía ya de lo que prometen los gobiernos. Menos si tiene que ver con el presupuesto para una comunidad que aseguró, nada menos que en su Estatut, una cuota fija de inversiones que aún espera. El dinero no resuelve problemas de reconocimiento, como no lo hace el recurso al Código Penal. El dinero, en general, es una manera arriesgada de resolver agravios, porque tiende a generar otros. Bastaba con mirar alrededor: "¿Hay que montar un pollo para que Rajoy nos dé lo que nos toca?", se preguntó la vicepresidenta valenciana Mónica Oltra mientras Cristina Cifuentes confiaba en que Rajoy atendiera las "muy modestas demandas" de Madrid y Vara reclamaba "algo parecido" para Extremadura. Señales de alarma.

Cuando, en plena cumbre de Malta, los periodistas plantearon a Rajoy la sensación de agravio de los demás, al presidente hubo que repetirle la pregunta. ¿Agravio de quién? El Ejecutivo despreció el debate territorial cuando tenía mayoría absoluta y ofrece un paquete de inversiones tardías ahora que, más que gobernar, se dedica a la supervivencia. Tendrá Presupuestos, pero el ritmo de la legislatura es lento e imprevisible y trata de evitar que le deroguen sus leyes más contestadas. En esa precariedad parece improbable que afronte las grandes reformas que siempre se aplazan: el encaje de Catalunya, la reforma de la Constitución, la financiación de las autonomías y la competencia fiscal que se hacen entre ellas, eso que acordaron revisar en la cumbre de presidentes. Sin un debate sereno sobre esos cuatro ejes que no arroje a unos territorios contra otros --que es el riesgo latente de cualquier movimiento--, lo demás suena a parche para que luego nadie diga que el Gobierno no lo intentó. Y, una vez hecho el anuncio, siempre cabe esperar y agarrarse a la opción de que los problemas se arreglen solos.

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