28 sep 2020

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EN LA MUERTE DE UN FILÓSOFO DE RAZA

Salvador Pániker, en el 2008.

MARINA VILANOVA

Adiós al maestro Pániker

Antonio Sitges-Serra

Su idea de progreso, menos de ciencia ficción y más radical, le llevó a reivindicar la muerte digna

Hemos formalizado la realidad para su tratamiento lógico,

pero no sabemos ya de qué realidad se trata

Salvador Pániker (en 'Aproximación al origen')

Hay filósofos académicos y de raza. Kant o Heidegger fueron excepciones notables porque aunaron su capacidad creadora con sus deberes docentes, pero, por regla general, el filósofo de genio no suele ser un buen comunicador en las aulas o un colega fácil. Salvador Pániker perteneció a esa clase de filósofos de genio que se movió en los aledaños de la filosofía ortodoxa que nunca lo tuvo en demasiada consideración. A ello contribuyeron su dandismo, su origen mestizo y su no menos mestiza forma de filosofar sobre el mundo y los dioses en 'Aproximación al origen' que fue su gran obra. Paniker trató dos cuestiones que se encuentran en el meollo de nuestra encrucijada cultural: la innovación y la muerte digna, ambas de especial interés para el mundo sanitario en el que siempre se ha apostado por la primera ignorando la segunda.

¿Podemos hablar de la innovación como espejismo? Sobre eso escribió Pániker. La pregunta parece retórica porque estamos absolutamente inmersos en la ideología de la “revolución” científico-técnica. Pero, a poco que la consideremos bajo el prisma filosófico vemos que tiene su enjundia: ¿quién no alberga dudas sobre la relatividad de aquello que cambia frente a lo absoluto de aquello que no cambia? A pesar del progreso material, seguimos preguntándonos qué es la libertad y qué límites tiene; nos interrogamos sobre lo que está bien y lo que está mal o sobre el sentido de cuanto acontece. Seguimos intrigados, dolidos, maravillados, angustiados, por el amor y el desamor. La angustia, escribió Pániker, es un síntoma cultural del origen perdido.

UNA CURA DE ESCEPTICISMO

Pániker acuñó el término “retroprogresivo” para señalar la necesidad de vincular el progreso que discurre lamiendo nuestras preocupaciones, con el origen, con la realidad originaria. Nos propone, pues, una cura de escepticismo para dar sentido a nuestra vida y protegerla de la debacle moral y simbólica que viene de la mano del así llamado progreso y del racionalismo dogmático. Para Pániker, el progreso no es una máquina prospectiva que arrolla cuanto encuentra a su paso, sino un deber para con nosotros y para con nuestro mundo. El futuro como deber, algo que ya estaba en Meister Eckhart y en la mística oriental y que como civilización hemos olvidado.

Esta idea de progreso, menos de ciencia ficción y más radical, llevó al filósofo a reivindicar la muerte digna. Atento al desarrollo de la Medicina, Pániker previó, mucho antes que los profesores de Bioética, que la mayor esperanza de vida traería consigo una epidemia de dolor y minusvalías. La dependencia se cierne hoy sobre el estado de bienestar como un efecto boomerang del desarrollismo. Las secuelas físicas de los ictus, la prolongada agonía de los pacientes con cáncer incurable y la demencia de Alzheimer nos enfrentan con la cara menos amable del progreso sanitario. Pániker reclamó una legislación más acorde con el necesario empoderamiento ciudadano. En el fondo, una prórroga es siempre eso, una prórroga.

He sentido siempre afinidad intelectual con Pániker: su agudeza en la crítica cultural, su admiración por Wittgenstein y Claude Lévy-Strauss (los problemas siempre son los mismos; solo cambian las soluciones); su interés por el saber distinto a sus estudios universitarios; su distancia del poder que le sumó al anarquismo de derechas, no ingenuo. Un último saludo, maestro

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