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Dos miradas

François Hollande y Angela Merkel, en Bruselas, el 10 de marzo.

EFE / OLIVIER HOSLET

Lo que cuenta hoy en la política es la posibilidad de incidir en el pensamiento inmediato de la masa social sin que haya tiempo de una reflexión profunda

Quizá una de las razones más contundentes que he leído sobre el ascenso de los populismos es la que formuló hace unos días François Hollande. Se quejaba de «la lentitud de Europa a la hora de decidir». En cambio, en este «mundo de la urgencia» los que dominan las herramientas son «los populistas, que se sitúan en la inmediatez de los tuits». Como concepto. Y ponía el ejemplo de las medidas contra la inmigración de Trump, «más mediáticas que efectivas». Lo que cuenta, pues, es la posibilidad de incidir en el pensamiento inmediato de la masa social sin que haya tiempo de una reflexión profunda o sin que este tipo de replanteamiento sea necesario porque, entre otras razones, llega tarde.

Hablamos de la agilidad, del acortamiento del tiempo que pasa entre el problema y la solución o, más todavía, de la minúscula dilación que se establece entre la decisión política y la comunicación pública. ¿Es patrimonio de los alt-right esta rapidez, la capacidad de generar no el mejor discurso sino el más rápido y, en consecuencia, el más efectivo? La red ha servido para la movilización social, pero también ha creado un mundo paralelo que se parece al de las películas del Oeste. Quien desenfunda antes tiene más posibilidades de éxito que no quien se lo piensa dos veces. No estoy seguro de que Europa, tal y como planteaba Hollande, esté en condiciones de «decidir rápido», como respuesta democrática. Es quizá el reto más decisivo.