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IDEAS

Charles Bukowski, en el programa Apostrophes, en 1978.

Maldito Bukowski maldito

Miqui Otero

Decía el escritor Charles Bukowski que hablar con (y de) otros escritores es como beber agua mientras estás en la bañera y que él, claro, prefería beber vino.

El sábado me tocó presentar una peli sobre él en el Kosmópolis y lo primero que hice en el Auditori del CCCB fue sorber un botellín de Font Vella. Carraspeé. Bukowski es como el asma, dije, o la superas en la adolescencia o te acompañará siempre. Muchos lo leímos cuando éramos unos críos. ¿Quieren un cliché? A mí me lo descubrió el dueño de un bar de la plaza del Sortidor, frente al instituto. ¿Otro? El tipo era motero. Algunos detalles rebajaban esa estampa canalla: me pedía que le trajera chucherías (nubes, regalices) a cambio de los libros que me prestaba y cuando mis colegas veían mi pirámide de acné (mi nariz) tras las páginas de 'La máquina de follar' (Anagrama), me gritaban que si era un libro de autoayuda. Cosas así, y menos mal, lo libran a uno de creerse un maldito.

Bukowski es como el asma, dije, o la superas en la adolescencia o te acompañará siempre

Los escritores malditos son mascotas de una sociedad robotizada: sus aduladores se mofan del compañero de trabajo arruinado con aliento a coñac, aunque luego se toman una Coronita el sabadete y se arrancan por Sabina. Oh, qué buena vida es la mala vida. Pero incluso Bukowski, el de “los abocados a vivir sin melodía ni una vaga esperanza de éxito”, escribió que no es el sufrimiento lo que hace a un buen escritor: “Eso es pura mierda. Es el intento de escapar del sufrimiento”.

A mí Bukowski me recuerda demasiado a un amigo gallego. Se imaginaba escritor pero, ya alcohólico, jamás quería volver a casa y era mejor que no lo dejaras solo. Una mala mañana nos lo jugamos al futbolín. “Quien pierda decide si esta noche se ha acabado”, me dijo M, las gafas de sol ya rotas. Así que ahí estábamos, en un futbolín de estación de autocar, bizqueando en el intento beodo de meternos goles en propia puerta una y otra vez. Quien perdía mandaba al otro a casa. Gol. Ya ni se distinguían los colores de los muñecos, así de descascarillados los habían dejado los golpes y los años. Daba igual: quien perdía ganaba. Gol. El problema, como le sucedió a Bukowski, es que ganó. 

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