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NÓMADAS Y VIAJANTES

Un pájaro sobrevuela unas velas electrónicas en homenaje a las víctimas del atentado de Londres.

AFP / CHRIS J RATCLIFFE

El negocio del odio

Ramón Lobo

Debemos ser capaces de trasmitir a la ciudadanía que no hay una guerra entre el mundo musulmán y el mundo cristiano, sino de los radicales contra todos los demás

Los atentados en los que el atacante desea morir son indefendibles. Su ventaja es la sorpresa: solo él sabe que va a matar. Si protegemos los aeropuertos, atacarán trenes, estadios, cafés, supermercados. El mensaje es simple: nadie está seguro. No buscan objetivos simbólicos, pese a que el Parlamento de Westminster lo sea, sino objetivos fáciles. Existen tres líneas de defensa: la anticipación por parte de la policía y los llamados servicios de inteligencia; la colaboración entre las distintas comunidades y la educación. Ninguna funciona a corto plazo.

Los atentados yihadistas en Europa aumentaron 3,5 veces en el 2015 y el 2016 si lo comparamos con los 50 años anteriores. Es grave, pero se trata de una fracción del problema. En un único atentado con camión bomba, ocurrido el 3 de julio del año pasado en un barrio comercial de Bagdad, murieron 292 civiles, más que los 273 muertos en Europa entre el 2014 y el 2016. Ningún monumento occidental se iluminó con la bandera de Irak.

Estallan bombas casi a diario en Siria, Yemen, Libia, Afganistán, Pakistán, Somalia, Nigeria, Níger o Mali y apenas reciben atención informativa. En periodismo manda el principio de la cercanía: no es lo mismo un muerto debajo de tu casa que 100 a miles de kilómetros.

TUFO ISLAMOFÓBICO

El proceso de educación no solo afecta a la escuela. Debemos ser capaces de trasmitir a la ciudadanía que no hay una guerra entre el mundo musulmán y el mundo cristiano, sino de los radicales contra todos los demás. Las medidas demagógicas de Donald Trumpla prohibición de entrada a EEUU de los nacionales de seis países musulmanes, dañan la lucha antiterrorista: el tufo islamofóbico dificulta la implicación de los moderados. Son demagógicas porque solo un tercio del 1% de los asesinatos en EEUU podrían considerarse yihadistas.

No es significativo que el asesino del puente de Westminster se llamara Adrian Elms, Adrian Ajao, Khalid Choudry o Khalid Masood, alguno de los nombres que utilizó en vida, tal vez en busca de la identidad que le negaba su biografía delictiva. Lo significativo es que era británico, nacido en Kent el 25 de diciembre de 1964. Nada que ver con migrantes ni refugiados sirios. Pese a este hecho, Nigel Farage, uno de los padres del 'brexit', mantiene su cantinela xenófoba porque el odio es su negocio.

El proceso de radicalización puede afectar a cualquiera. No es necesario que el sujeto proceda de una familia musulmana. Tenemos que averiguar cómo y cuándo se radicalizó, quién le influyó. Si actuó solo o contó con algún tipo de red de apoyo. Su conversión al islam se debió producir en alguna de las cárceles inglesas en las que cumplió condena. La BBC sostiene que ya era musulmán en el 2006 cuando viajó a Arabia Saudí, donde pasó algunos años como profesor de inglés. En el 2015 recibió el visado especial que le daba acceso a los Santos Lugares, prueba de que le consideraban un buen musulmán.

En Arabia Saudí rige el wahabismo, versión rigorista del islam que alimenta ideológicamente a los salafistas, es decir al Estado Islámico (EI) y grupos similares. Arabia Saudí no es inocente en el nacimiento de este tipo de grupos armados en Siria e Irak; tampoco en África. Riad controla gran parte de las mezquitas en suelo europeo. Eso es un problema: los imanes deberían formarse en Europa, en los principios de la tolerancia para que puedan predicar­ tolerancia.

PERTURBADOS

Muchos expertos rechazan el término 'lobo solitario', una etiqueta reduccionista. Existe una pertenencia ideológica y emocional al grupo. Scotland Yard definió el ataque como “atentado de inspiración yihadista”. No es necesario que el EI curse la orden o que ejecute el atentado como en París y Bruselas. Se ha creado una narrativa que permite que los perturbados puedan atentar en nombre del EI con un coste cero para la organización. Pudo suceder en Orlando y, tal vez, en Niza. En este caso, la radicalización de Lahouaiej Bouhlel, francés de origen tunecino con un historial de problemas psiquiátricos, fue exprés.

En 'Perspectives on terrorrism', el noruego Thomas Hegghammer prevé mas atentados a corto plazo. Para el autor es esencial que los servicios de inteligencia se adapten a la nueva situación. También es clave una mayor cooperación policial. Algunos políticos piden la creación de una CIA y un FBI europeos, algo que genera rechazo en los menos europeístas.

El pesimismo de Hegghammer se sostiene en cuatro puntos: aumento de la población musulmana sin acceso a empleo (el 42% de los 37 millones de musulmanes europeos serán menores de 30 años en el 2030); aumento del número de emprendedores yihadistas; persistencia de los conflictos en Oriente Próximo y la capacidad de las redes yihadistas de operar en internet. También nos previene contra el alarmismo, una enfermedad electoralista que afecta a derecha e izquierda, sobre todo en Francia.

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