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El secuestro de la televisión

Luis Mauri

Lo siento, Tom Wolfe, escribir hoy y aquí sobre las cadenas públicas es escribir de perversión de la democracia y de corrupción

El columnista que rastrea en la televisión en busca de ideas para sus artículos está acabado. Esto sugería Tom Wolfe en su colección de ensayos ‘El Nuevo Periodismo’ (1973 / Anagrama, 1976). Wolfe se ciscaba en los “patéticos” columnistas estadounidenses de los años 60 y 70: “Arrancan por lo general con el depósito lleno (…) Después de ocho o diez semanas empieza a terminárseles el combustible. Se mueven torpemente y dan boqueadas, pobres cabritos (...) Se les ha acabado el tema. Empiezan a escribir (…) sobre cualquier cosa que han visto en la televisión. ¡Dios bendiga a la televisión! (…) Cada vez que ustedes vean a un columnista tratando de ordeñar (…) el receptor de televisión, tendrán en sus manos un alma hambrienta… Deberían mandarle una cesta…”

Tom Wolfe fue el gran pope del llamado nuevo periodismo que prosperó en los años 60 armado con técnicas literarias de ficción para construir reportajes informativos. Un nuevo periodismo que no era tan radicalmente nuevo ni, en ocasiones, tan periodismo como se pretendía: el último trabajo de otro adalid del género, Gay Talese, 'El motel del voyeur' (2016 / Alfaguara, 2017), es un relato literario vibrante... y un fiasco periodístico.

Esto no es una iglesia

A diferencia de la mayoría de los nuevos periodistas, Wolfe se ocupó además de intelectualizar el género, de dotarlo de un andamiaje teórico y de divulgar sus preceptos. Pero ni el nuevo periodismo es una iglesia, ni la palabra de Wolfe es sagrada; no lo es. Él quizá tampoco lo pretendiera en realidad: "Lo único que pretendía decir era que el Nuevo Periodismo no puede ser ignorado por más tiempo en un sentido artístico. Del resto me retracto... Al diablo con eso... Dejemos que el caos reine..."

Después de haber declarado la novela como un género castrado y agónico por su vacío de realidad, Wolfe alcanzó el cénit de su carrera… ¡como novelista! Y como novelista quiso certificar luego el fin de la prensa. No es necesario argumentar más: solo hay que revisitar las columnas sobre televisión de los ‘hambrientos’ Eduardo Haro Tecglen y Enric González en 'El País', o seguir diariamente la del no menos ‘famélico’ Ferran Monegal en este periódico.

Aquella caja tonta

La televisión, hoy mucho más que cinco décadas atrás, es el medio conformador por excelencia de la opinión pública, no solo aquella caja tonta. Hoy, y sobre todo aquí, escribir sobre la televisión es escribir sobre política, sobre perversión de la democracia y, también, sobre corrupción. No es, pues, una triquiñuela de columnistas estériles.

Cuando a las televisiones (y a las radios) públicas se les impide prestar un servicio cabal a la sociedad. Cuando los gobiernos las secuestran y convierten en órganos políticos de 'agit-prop' al servicio de una fracción de la comunidad. Cuando la lucha por el control de TV-3 causa fricciones en la coalición gubernamental y el comisario político nombrado hace un año es fulminado y sustituido por otro aún más férreamente partidista. Cuando todo eso sucede en la televisión pública catalana, resulta sonrojante escuchar a sus gobernantes llenarse la boca mañana, tarde y noche con la exquisita calidad democrática propia en contraposición con la abominable dictadura colonial ajena.

Agente sectario

He escrito antes corrupción, en efecto. Cómo puede definirse el acto de tomar una emisora financiada con el presupuesto público, impedirle ejercer un servicio informativo independiente, riguroso, honesto y plural, y obligarla a obrar como agente de adoctrinamiento sectario. ¿Eso no es desviar dinero de un servicio público a labores de propaganda partidaria?

Por supuesto, TV-3 no es la única emisora cuyos informativos son rehenes del gobierno de turno. En semejante situación se halla TVE. Y recordarán el extinto Canal Nou valenciano. La lista es más larga, claro. Pero, ¿desde cuándo la vileza ajena excusa la infamia propia?

La Doctrina Única y Verdadera

No les engañaré. Todos los medios de comunicación sufren presiones externas. Gobiernos, partidos, instituciones, corporaciones empresariales… todo el mundo quiere que las historias se escriban o se cuenten a su conveniencia e interés. Y esas presiones son más poderosas y difíciles de capear cuanto más endeble es la situación financiera del medio. Seguramente, no siempre resulta posible resistir y mantener incólume la posición. Esta dialéctica es inherente al periodismo. Al fin, el lector puede juzgar la calidad, el rigor y la independencia del producto, así como la confianza que le merece. Y mantenérsela o retirársela.

Pero el secuestro político de las televisiones públicas es algo muy distinto. Aquí no hay dialéctica presión-resistencia. No se puede capear el temporal asegurando puertas y ventanas porque el ciclón azota enloquecido en el interior. El partido gobernante usurpa el mando profesional de la emisora e impide un periodismo limpio. El antagonista del servicio público es quien lo dirige. Y dicta y ordena la Doctrina Única y Verdadera... Fundido a negro.

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