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¿Cuáles serían los titulares y las declaraciones si una empresa despidiera a un empleado por usar la kipá judía o llevar colgado un crucifijo por fuera de la ropa? Hablaríamos con escándalo de antisemitismo y persecución religiosa. No sucede lo mismo con el hiyab.

Existe un tufo islamófobo en Occidente vinculado al crecimiento de los partidos xenófobos y antieuropeos que etiquetamos como extrema derecha. Utiliza al extranjero como fantasma para azuzar el miedo. Les acompañan en el empeño numerosos políticos irresponsables, -de derecha e izquierda, líderes islámicos radicales educados por Arabia Saudí y una ciudadanía zarandeada por la crisis y el desconocimiento.

La sentencia del Tribunal de Justicia de la UE sobre el uso del pañuelo islámico trata de ser salomónica, por emplear un término afín al libro del que nacen las tres religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islam. El texto establece que las empresas solo podrán prohibir el velo islámico si entre sus normas generales está proscrito cualquier símbolo religioso. Se podría decir que es una sentencia laicista, más allá del recibimiento entusiasta de las derechas.

Se trata de un asunto complejo. Están en juego la libertad religiosa individual y el derecho del Estado a imponer espacios de laicidad en el que puedan convivir todos los ciudadanos, sean cuales sean sus creencias. La mayoría de las religiones no se distinguen por su tolerancia hacia el Otro, al ajeno a la secta. Todas nacen, crecen, se multiplican y mueren como cualquier ser vivo. Son expansivas, invasoras; su objetivo es imponer su visión en leyes, Gobiernos y países. Para ellas, la muerte es dejar el espacio público para conformarse con el privado. Es una batalla de poder que se manifiesta a través de los símbolos en un desafío permanente. No solo en el islam. Muchas de esas guerras se libran sobre el cuerpo de la mujer.

RELIGIÓN EN LAS IGLESIAS ESPAÑOLAS

No podemos decir que ese tránsito hacia el ámbito personal haya sucedido en España donde aún se enseña religión católica en las escuelas y se encienden los debates sobre el uso de la televisión pública para transmitir mensajes que, en algunos casos, como en las homilías del obispo de Alcalá de Henares son homófobos y contrarios a la convivencia. Es más fácil ver una radicalidad inaceptable en un imán machista que en un príncipe de la Iglesia. El Estado laico y democrático debería defenderse de ambos.

Las religiones son intentos de explicar el mundo, de apaciguar el miedo a la muerte y a la vida. Los avances de la ciencia van recortando su campo narrativo. Ya sabemos que la Tierra es redonda y que las especies evolucionan en una constante selección natural. Tras la Revolución francesa, la política que enarbola la libertad y los derechos humanos se ha convertido en otro límite para las religiones. Los papas del siglo XIX condenaron todo tipo de libertad, fuese de opinión, imprenta, enseñanza o culto. La Iglesia luchó contra el matrimonio civil que le despojaba del monopolio del casamiento. Más tarde contra el divorcio, y aún lucha, el aborto y la eutanasia.

Pese a los avances de todo tipo, la Iglesia de Roma y otras variantes cristianas aún disfrutan de un enorme poder político, como se puede comprobar en EspañaItalia o EEUU. Muchos ultras católicos miran con envidia el férreo control que sunís y chiís mantienen sobre su población a través de la Sharia, la islámica. El islam nace en el siglo VII; su evolución vital está en pleno apogeo. Aún queda para que desde dentro de sus sociedades surjan voces y movimientos que demanden un Estado laico. De momento, proponerlo es blasfemo y la blasfemia se castiga con la muerte, como se hacía por estos lares con la Inquisición.

HIYABS A LA MODA

Limitar el uso de los símbolos religiosos en espacios públicos es una potestad del Estado, pero también lo debería ser la inteligencia. No podemos imbuirnos en una superioridad moral que le diga a las mujeres, musulmanas o no, cómo deben vestirse ni decidir por ellas si colocarse un hiyab sobre el pelo es una prueba de dominación. Hay una eclosión de colores y variantes de hiyabs, convertidos en prenda de moda. Esta corriente que lo despoja del sentido religioso para situarlo en el estético recibe la condena de los imanes radicales.

Todo se dirige al mismo punto: la educación, donde se vence a los fanatismos, sean islámicos o de extrema derecha. Otra asunto es el niqab y el burka. En Europa deberían estar prohibidos, como la ablación, la infibulación, el casamiento forzado y los crímenes de honor. Hay límites. Las guerras contra los regímenes dictatoriales, pero laicos, en Irak, Libia y Siria, ha estimulado la intolerancia que vela a las mujeres y reforzado la imagen colonialista de Occidente.

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