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Salvador Gabarró o la lealtad

Jordi Alberich

Si un rasgo ha caracterizado la personalidad de Salvador Gabarró ha sido su sentido de la lealtad a sus orígenes, a los suyos y a su trabajo

Si un rasgo ha caracterizado la personalidad de Salvador Gabarró, ha sido su sentido de  la lealtad. La suya ha sido una vida leal, a sus orígenes, a los suyos, a su trabajo. Unos orígenes que se sitúan en esa Segarra, de la que se sentía tan orgulloso y de la que adoptó la entereza y dignidad tan propia de  las tierras de secano.

Y siempre leal a los suyos, algo que comprobé en aquellos años que dirigió Roca. Para él, la excepción eran las comidas de negocios. Lo que le apetecía, y hacía, era comer en su casa, con su esposa. Huía de la vida social tanto como de la mínima ostentación. Recuerdo cómo, hace ya años, refiriéndose a su trayectoria, nos comentaba que, al ser nombrado Gerente de Roca, le comentó a su esposa: "Tengo dos noticias. Una buena, la otra depende. La primera, me han nombrado gerente de la compañía. La segunda, mejor no nos mudamos a un piso más caro". Los suyos eran esos rasgos tan propios del industrial, una especie en vías de extinción.

Con la excepción de unos años iniciales, desarrolló su carrera profesional en Roca. Cerca de cuatro décadas en que transformó una compañía sumida en una inacabable crisis, que hacía dudar de su misma continuidad, en una multinacional líder global. Lealtad con los accionistas, pues él jamás quiso confundir su función con la de la propiedad, quizás por ello siempre, pese a su indiscutible liderazgo, se mantuvo en el cargo de gerente. Lealtad con los empleados, a quienes a media tarde ya no encontrabas en las oficinas. Según decía, los empleados tienen familia. Y lealtad consigo mismo, pues era incapaz de adoptar una decisión, por mucha que fuera la presión a favor, si él no se sentía plenamente  convencido.

Una manera de dirigir singular, sin agobios ni tensiones, sin un papel encima de la mesa, y encontrando la recompensa en aquel abrir el ordenador para, con emoción indisimulable, enseñar cada una de las fábricas de Roca en el mundo. Una vida laboral que, sin esperarlo ni buscarlo, prolonga durante años con la presidencia de Gas Natural, donde, según comentan sus colaboradores, dio continuidad a esa manera tan suya de entender el mundo de la empresa.

Otra de sus pasiones fue el Círculo de Economia, que presidió y al que tan cercano se mantuvo siempre. De aquellos años destacaría su coraje cívico para, en todo momento, opinar desde la más absoluta libertad. Una personalidad que, como nadie, impregnó en la entidad, y ahí sigue. Él, con esa austeridad de secano, le quitaba valor diciendo: no tiene ningún mérito, vender váteres me da mucha libertad, no dependo de la política.

Sólo puedo acabar estas líneas recordando a su esposa, Maria Fernanda, a su hija, Ana, y a su nieta, Paula. Imposible de entender lo que hizo, y cómo lo hizo, sin ese anclaje familiar tan cargado de afecto. No conozco a nadie que haya combinado de manera tan natural el coraje y la seriedad con la amabilidad y la empatía. La suya era una capacidad única para respetar y hacerse respetar. Salvador, ha sido una maravilla conocerte.