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MIRADOR

John Dimech lucha en unas arenas movedizas en Lawrence de Arabia.

La verdad sospechosa

Josep Maria Pou

Llámenme simple, pero de todo lo que se cuece, lo que más náuseas me produce es la mentira sistematizada

Como caminar por terreno pantanoso. O por entre arenas movedizas. O como andar a saltitos -me caigo, no me caigo- por sobre una cama elástica. Pisar mierda. Estas son las sensaciones, una tras otra, o todas al tiempo, que tengo estos días al poner el pie en la calle por la mañana. Este desequilibrio fisico no es sino el reflejo externo de otro mucho más íntimo: el desequilibrio anímico que me produce tanta chulería, tanto cinismo, tanta desfachatez, tanta mentira. Si somos lo que comemos, somos también lo que respiramos. Y esta vez lo que huele a podrido no está en Dinamarca, sino mucho más cerca, a tiro de bonobús.

Llámenme simple, pero de todo lo que se cuece, lo que más náuseas me produce es la mentira sistematizada. Porque con ella desaparecen todas las certezas y surgen, como setas, los interrogantes. Mienten unos en los tribunales para salvar la vida. Mienten otros, en el despacho, para salvar la carrera, el prestigio y el futuro. Mienten todos a coro. Mienten hasta cuando desmienten. Con toda tranquilidad. Impunemente. Y en la terrible guerra de las mentiras, la primera víctima es la verdad.

Recuerdo cuando, de pequeños, ante alguna afirmación nuestra arriesgada, aparecían muestras de incredulidad en el rostro de los otros miembros de la pandilla; cruzábamos los dos índices en aspa, los llevábamos a los labios y los besábamos con fuerza: "Verdad de la buena; que me muera aquí mismo si miento". Luego, ya adolescentes, la frase era más grave: "Te lo juro por mi madre" ( o “por mis muertos”, si la situación era extrema). Propongo volver a esos códigos de gesto y habla. Propongo volver a las emociones, al arranque apasionado, al grito que sale del estómago. Todo antes que el cinismo, la ironía, la media sonrisa y el aire de perdonavidas con que hoy intentan desmentirse verdades como puños.

Recuerdo también al clásico: “Porque ya temo, que en decirme que me engañaste, me engañas. Que aunque la verdad sabía antes que a hablarme llegaras, la has hecho ya sospechosa tu, con solo confesarla”.

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