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DOS MIRADAS

¿Quien compra una medalla en Wallapop logrará engañar a los amigos que conocen su faceta cervecera?

El impostor necesita tres cosas: crear las circunstancias adecuadas para la trampa; darle publicidad, y esperar que nadie la descubra. Uno de los peligros más notables de su actividad es que él mismo termine cediendo a la tentación de convertirse en engañado. Es decir, que el impostor se crea sus propias mentiras. Cuando llega a este nivel de perfección, ya no puede desear nada más. Pierde la conciencia de la estafa y se convierte en el héroe que nunca ha sido. Ni él mismo es capaz de distinguir, entonces, la verdad de la ficción creada por su manía de figurar.

La convicción del tramposo

Hay impostores de todo tipo. Los que hacen ver que saben más cosas de las que saben en realidad. Los que hacen creer a los demás que pueden hacer cosas para las que no están dotados. Los que interpretan un papel, se colocan una máscara y salen al escenario de cada día con una personalidad que no es la suya. Todo depende del grado de convicción que desprendan sus actos. 

La persona que, por ejemplo, compra medallas auténticas de un maratón en Wallapop, un sedentario sentado ante el ordenador, ¿por qué lo hace? ¿Será capaz de engañar a los amigos que saben que es amante de la cerveza y las patatas fritas? ¿O cambiará de hábitos y de amigos por el poder simbólico de una medalla que no ganó nunca pero que lo convertirá quizás en un héroe, un 'finisher' de verdad, empujado a ser auténtico no por una deber moral sino por una fuerza telúrica? 

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