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ANÁLISIS

Erdogan, durante un acto del día del Doctor en Ankara, el 14 de marzo.

EFE

Putin, Trump y Erdogan, de campaña en Holanda

Cristina Manzano

Nunca antes unas elecciones al Parlamento holandés habían despertado tanta expectación. Nunca antes, tampoco, habían sido tan globales.

En la apretada carrera hacia la jornada electoral parece que el temido Partido de la Libertad de Geert Wilders estaría perdiendo posiciones: de estar muy igualado, algunas de las últimas encuestas lo sitúan ya entre el tercer y el quinto puesto, siempre por detrás del partido del actual primer ministro, Mark Rutte.

Pase lo que pase en las urnas, es casi seguro que Wilders no podría formar gobierno. En un escenario político muy fragmentado, ninguno de los otros partidos necesarios para formar una coalición está dispuesto a tenerlo como socio. Pero de momento ha ganado su primera victoria: haberse convertido en blanco de todas las miradas -y de todos los temores- en el panorama político europeo. Porque, perdida Austria por los pelos, la extrema derecha se juega en Holanda su siguiente partido, aunque el pase a la final será definitivamente en Francia.

Estas elecciones están siendo también de lo más globales, gracias a la presencia, explícita o no, de grandes líderes extranjeros.

El primero, claro, Vladímir Putin, que se ha erigido desde hace tiempo en modelo e inspiración de los extremistas europeos, aunque Wilders, precisamente, no se encuentra entre sus principales fans. Sin embargo, la sombra de posibles interferencias rusas planea en las campañas europeas, especialmente después de conocidos los informes sobre los 'hackeos' en las elecciones americanas. Por si acaso, las autoridades holandesas han anunciado que contarán los votos a mano, para evitar problemas mayores.  

Luego, Donald Trump, el nuevo héroe del populismo occidental. Su llegada a la Casa Blanca fue rápidamente jaleada y celebrada por los Wilders, los Le Pen, los Orban y sus amigos, y sirve de referencia constante para todos los que quieren “devolver sus países” a sus ciudadanos y sacarlos de las redes de la globalización. Tanto 'amor', sin embargo, puede perjudicarles. La caída en las encuestas del político holandés podría ser, en parte, un efecto rebote por el rechazo a las medidas que ha ido tomando Trump en sus primeras semanas de mandato.

CRISIS DIPLOMÁTICA

El último en sumarse ha sido Recep Tayyip Erdogan. Tratando de ganar para su causa el voto de los miles de turcos que viven en la Unión, el presidente turco ha enviado de gira europea a varios de sus ministros. Y se ha encontrado con que Holanda se ha negado, generando una crisis diplomática que no deja de escalar. Para Erdogan, es publicidad gratuita en su camino hacia el poder absoluto. Y aunque podría parecer que inicialmente el incidente beneficia a Wilders y su duro discurso antimusulmán, se ha encontrado con el escollo de la firme reacción del primer ministro.

Ojalá que los votantes holandeses nos den un respiro. La siguiente cita, Francia. Pero el ascenso de la extrema derecha es el síntoma de un malestar profundo en una parte de la sociedad europea que hay que atajar bien y pronto para evitar que el contagio lo convierta en epidemia.

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